viernes, 24 de junio de 2016

Una vecindad llamada Mundo





El timbre de la escuela sonó (eran las 3 de la tarde). Cada rincón del recinto supo que las labores del día habían terminado. Los niños tomaron sus bultos y salieron corriendo del lugar. Yo era uno de ellos. Corría hacia la libertad, así que bajaba los escalones de la escalera de tres en tres. La libertad te da alas. Mi abuela me esperaba frente a la escuela. Le daba un beso, le pedía la bendición y caminaba junto a ella contando los minutos. El trayecto hacia la casa no era largo, pero yo lo sentía eterno. Trataba de correr con todas mis fuerzas mas la voz autoritaria de mi abuela gritando mi nombre me hacía caer en cuenta que no debía abandonar su lado. Y aunque hubiera podido invertir el tiempo pensando en qué deberes me habían dado, yo entendía que no era el momento en pensar en asignaciones, proyectos o tareas. Era el momento de contar los minutos para llegar a casa: pronto comenzaría mi programa favorito. La realidad era que el «pronto» no era tan pronto. El programa comenzaba a las 6:30 después de las noticias del canal 2. Pero yo tenía que hacer varias cosas antes de sentarme a ver televisión: tenía que bañarme, poner la ropa en gancho, comer y sacar las asignaciones para luego hacerlas. Cuando llegaba la hora, me metía en el cuarto de mis padres, prendía el televisor, me sentaba en la butaca de mi papá y esperaba la introducción del esperado programa: «Este es el programa número 1 de la televisión humorística… ¡El chavo del 8!...». Entonces, mi felicidad estaba completa.

El chavo del 8 fue un programa mexicano muy exitoso que se vio prácticamente en toda América y España. La primera aparición del mismo fue en 1971 y duró hasta 1980, aunque sus personajes también hicieron apariciones en el show de Chespirito hasta 1992. El chavo del 8 presentaba las peripecias de un niño y sus amigos en la vecindad donde vivía. En ella podíamos ver representados diferentes tipos de personas: los que pertenecían a una clase social privilegiada y vinieron a menos (Doña Florinda); los profesionales de la educación (Profesor Girafales); el empresario local (Señor Barriga); el pobre que no encuentra - o no quiere encontrar - trabajo (Don Ramón); la anciana que vive entre el pasado y la realidad que le ha tocado (Doña Clotilde); y la niñez que repite los patrones de vida que han visto de sus padres (Chilindrina, Kiko y Ñoño) o aquella que trata de sobrevivir sola en esa sociedad violenta a la que ha llegado sin saber por qué (Chavo).

La violencia en América Latina se había convertido en una realidad palpable. Los 70 vieron el comienzo de varias dictaduras: Hugo Banzer en Bolivia; Alfredo Stroessner en Paraguay; Augusto Pinochet en Chile; Juan María Bordaberry en Uruguay; Jorge R. Videla en Argentina, entre otros. En esa misma década, México sufrió una gran crisis económica que provocó conflictos con el sector sindical. Toda esta violencia generalizada tiñó también cada episodio de la serie: Doña Florinda le pegaba a Don Ramón; Don Ramón le pegaba al Chavo, a Kiko o a la Chilindrina; el Chavo le pegaba a Kiko, este también le pegaba; y así sucesivamente.

Se preguntarán por qué estamos hablando de El chavo del 8. El 17 de junio falleció el actor Rubén Aguirre quien interpretaba al Profesor Girafales, maestro de los niños y el interés romántico de Doña Florinda. Su partida fue cubierta por los medios noticiosos y las redes sociales. Fueron muchos, en distintas partes del mundo, los que expresaron sus condolencias a la familia del actor y quienes contaron más de una anécdota sobre él. Y es que la muerte de Rubén Aguirre puso a todos los que vivieron la experiencia del Chavo en el lugar de la nostalgia. Nostalgia por una vida pasada; nostalgia por la inocencia; nostalgia por los que estaban con nosotros y ya no están. Todo se resume en la pena de vernos ausentes de los lugares y las personas que nos formaron. Es una tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida (http://dle.rae.es/?id=QdfICDo). ¿Cuál dicha perdida? Para aquellos y aquellas que vivieron los horrores de la dictadura, la dicha de poder borrar - o al menos ignorar - el dolor, el miedo y el sufrimiento por 30 minutos. La dicha de poder vivir en un mundo, el mundo de la vecindad, que tenía sentido; un lugar en el que las cosas malas ocurrían, pero se resolvían con una estruendosa carcajada.

Tal vez, lo que nos trae en esta hora la adultez es la oportunidad de crear escenarios de vida y esperanza allí donde la historia sembró dolor, muerte y terror. Tal vez lo que nos trae es recordar con cariño aquellos que ya no están con nosotros, pero que nos modelaron lo que era amar y vivir la vida dignamente. La adultez nos ha llevado a vivir en un nuevo espacio, en una nueva vecindad llamada Mundo y mientras encuentro mi lugar en esa vecindad, no puedo evitar escuchar en mi cabeza la canción tema del programa de mi infancia ni que en mi rostro se esboce una sonrisa.  

viernes, 17 de junio de 2016

Una locura llamada esperanza


(https://images.sciencedaily.com/2015/03/150312142909_1_900x600.jpg)

Sí, hablar de esperanza en estos tiempos parece una locura. La tristeza, el desasosiego, la angustia, parecen intentar hacer sus nidos en el alma colectiva de los pueblos. Los recientes acontecimientos ocurridos en el estado de la Florida añaden una lágrima más a nuestra ya llorosa conciencia. Pareciera como si los heraldos negros* de César Vallejo cabalgaran salvajes y desbocados sobre la faz de la tierra. Ante tanto dolor, las voces que se han ido levantando han sido voces de dolor, desesperanza y deseos de venganza. ¿Será acaso esta última la solución para erradicar, o al menos minimizar, el sufrimiento de la humanidad? Es entonces cuando hablar de esperanza se hace locura, pero una locura necesaria.

¿Qué es esperanza? Como término, la palabra esperanza se define como «estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea»**. La esperanza cambia nuestro ánimo transformando ante nuestros ojos las circunstancias, haciendo que lo que deseamos sea algo posible y alcanzable. Entonces, ¿qué necesitamos para que la esperanza sea una realidad en esta sociedad convulsa? ¡Esperanzadores! Mujeres y hombres que den, y provoquen, esperanza. Y aunque la palabra esperanzador aparezca en el diccionario como adjetivo y no como un sustantivo, me tomaré esta libertad poética de trastocar, por un instante, su función. ¡Necesitamos esperanzadores! Gente que dé esperanza en los momentos de mayor oscuridad. ¡Necesitamos esperanzadores! Personas que provoquen ese cambio de ánimo en el prójimo que los lleve a visualizar como posible lo que se desea; mas no solo visualizar, sino también que lo provoque a luchar por aquello que la esperanza sabe que es alcanzable. En un mundo tan dolido, tan enfermo, tan sufrido y violento ¿qué es lo que deseamos? La paz. No traigo esta respuesta como una simplista del tipo concurso de belleza. La paz hay que trabajarla, hay que construirla, hay que sudarla. La paz exige sacrificios de nuestra parte: que le demos nuestro tiempo, nuestras fuerzas; que sirvamos con humildad, con entrega, con pasión. Ser un constructor de paz no es sencillo. Ser un provocador de esperanza tampoco lo es, pero nos ha tocado vivir un momento en la historia en que se hace urgente y necesario que se levanten hombres y mujeres que se conviertan en esperanzadores. ¿Te convertirás tú en un esperanzador? No es tiempo de hablar de paz; es tiempo de trabajar por ella.

Sé que hablar de esperanza en estos tiempos parece una locura, pero no existe un momento más pertinente que este para hablar de ella. Además, ¿por qué tenerle miedo a esta locura? Al fin y al cabo, entre San Juan y la Mancha siempre habrá espacio para alguna quijotada.
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*http://www.ciudadseva.com/textos/poesia/ha/vallejo/los_heraldos_negros.htm

** (http://dle.rae.es/?id=GYjXr3Q). 
#unalocurallamadaesperanza
#entresanjuanylamancha

jueves, 9 de junio de 2016

Un viaje hacia la justicia



¿Existiría el prejuicio si las personas supieran la procedencia de sus ancestros? Como miembros de una sociedad ubicada en un marco territorial específico, crecemos pensando que nuestra manera de ver el mundo es la mejor. Que la forma de resolver los conflictos, de hacer las cosas, aun nuestra comida es superior a la de cualquier otro lugar. Es normal, y saludable, sentir orgullo patrio; que amemos nuestro país, nuestras costumbres, recursos naturales, gastronomía y nuestra gente. No obstante, cuando ese orgullo patrio se funda sobre el desprecio y la humillación de otros grupos étnicos y países, se convierte en prejuicio. A través de los siglos, el prejuicio étnico ha probado ser un cáncer para la humanidad: ha arrasado las tierras que ha invadido y ha opacado el brillo del espíritu humano.

No sé si sería suficiente una prueba de ADN para erradicar el prejucio racial o por etnia. ¿Pero es que hace falta una prueba de ADN para llegar a la conclusión de lo importante que es cada país, cada etnia, de cada ser humano? ¿Por qué insistimos en buscar las diferencias que nos separan en vez de las similitudes que nos puedan unir? Creo que este video nos invita a reflexionar y tomar conciencia de que, al fin y al cabo, todos somos ciudadanos del mundo y la diversidad nos enriquece. 




(El video fue tomado de You Tube).

viernes, 3 de junio de 2016

¡Ay, Dios mío, qué paciencia!




¡Ay, Dios mío, qué paciencia! Sí, qué paciencia hay que tener cuando se trata de interactuar con otro ser humano. Todos aquellos y aquellas que leyeron «La corona» saben que trabajo como tutora para la clase de Español en una institución universitaria. El hecho de trabajar con estudiantes le provee a uno toda una serie de experiencias. La mayoría de ellas gratificantes; pero hay otras que ¡ay, ay, ay! Yo he aprendido a tomar estas vivencias como oportunidades de crecimiento a nivel personal. No obstante, confieso, hay ocasiones en que quisiera que salieran rayos de mis ojos para fulminar a alguien. Ya que esto no puede pasar (¡gracias Dios!), me limito a cerrar los ojos y poner la mano sobre el rostro mientras susurro «qué paciencia hay que tener, qué paciencia».

Hoy, por ejemplo, fue uno de esos días de la mano en el rostro. A las 8:40 de la mañana llega este chico muy sonreído y se para en el umbral de la entrada de mi cubículo: venía a aclarar unas dudas sobre el material discutido en la clase del día anterior. Toma asiento frente a mi escritorio y comienza a hablar. Mientras escucho, le observo con cierta intriga: hay algo que me incomoda de él que no logro descifrar. El tiempo que estuvimos dialogando no dejó de sonreír, pero sus labios tenían cierta torcedura que le daban un aire petulante.
- ¿Todo lo que el profesor enseña viene en el examen?
- (¡Vaya pregunta!). Si el profesor lo está enseñando es que es de importancia, es bueno que lo sepas y probablemente venga en el primer examen.
- ¿Pero este material vendrá palabra por palabra? ¿Así?- y comenzó a recitar burlón lo que tenía escrito en su libreta.
- El profesor les dirá qué tipo de examen tendrán, cuáles son los parámetros de evaluación y en cuál formato quiere que contesten.
- ¿Usted sabe quién es la madre de Fulano? (Aquí va el nombre del autor estudiado).
- No, no sé quién es.
- Ah… Debería saber porque ella es la inspiración de su primer periodo como escritor… Bla, bla, bla… -
Así siguió su retahíla de información, con aire de triunfo y sonrisa petulante. ¡Al fin podía demostrar que sabía más que yo! (Entonces, ¿para qué venir a tutorías? Quién sabe). ¿Yo? Me senté derecha -con las manos entrelazadas descansando sobre el escritorio-, mirándolo a los ojos sin ningún tipo de expresión en el rostro. Una vez hubo terminado, le di una amplia sonrisa y le felicité:
- Muy bien, por lo que veo ya está más que preparado –preparadísimo- para lo que pueda enfrentar en la prueba; por lo tanto, gracias por haber venido. Hasta aquí la tutoría. Se puede retirar.
- Pero aún tengo dos preguntas sobre…
- Oh, lo lamento, ya eso es material para otra cita. ¡Adiós!
No sé si el estudiante percibió todos los matices del sarcasmo con el que teñí mis palabras y mi amplia sonrisa, pero no importa, ya me lo saqué del sistema.

Después de toda esta «aventura», no pude evitar que vinieran a mi mente las
siguientes preguntas: ¿Por qué hay personas que para fortalecer su autoestima
intentan humillar a los demás, sobre todo, aquellos que le intentan ayudar? ¿Cuál es la necesidad de disminuir al otro para engrandecerse? El ser humano parece ser la encarnación de todo el sin-sentido que pueda existir en esta vida. Todavía nos falta por entender que el servicio al prójimo es lo que nos enaltece. Cuando compartimos lo que hemos aprendido en esta vida de forma humilde y desinteresada, nos convertimos en mejores personas. La acumulación de conocimiento, diplomas y estudios solo nos provee la oportunidad de conseguir mejores trabajos; pero si ese conocimiento lo ponemos al servicio del otro, el mismo se convertirá en semilla de esperanza en esta sociedad convulsa que nos ha tocado vivir.  

















(La foto fue tomada de httpreplygif.net1021)

viernes, 27 de mayo de 2016

¿Cuánto pesa el vaso? Reflexión sobre el estrés



La conglomeración de las pequeñas preocupaciones son las que levantan las paredes de los palacios de la angustia. ¿Cuál es, entonces, la consigna de este fin de semana? ¡Suelta el vaso!

jueves, 26 de mayo de 2016

Entre monstruos, superhéroes y princesas valientes

 

Este fin de semana que pasó se llevó a cabo en San Juan el Puerto Rico Comic Con. En esta actividad se reúnen admiradores de la ciencia ficción, el animé y el género de fantasía (dragones, princesas, caballeros, elfos, enanos, gigantes, etc.). Si nunca has tenido la oportunidad de ir a algo parecido a esto, te diré que la experiencia puede ser una entre mágica y alucinante. Y es que puedes estar caminando por los pasillos del gran salón, mirando los ofrecimientos de los vendedores, cuando de repente… ¡bum! los ojos de un predator se clavan en los tuyos. Entonces, sientes un escalofrío que te recorre por la espalda y el sentido de supervivencia se apodera de ti. Un grito se desenreda y corre por tu garganta. Acto seguido, con una rapidez de la que no te creías capaz, metes tu mano en el bolsillo, sacas el celular y le dices: « ¡Qué brutal! ¿Me puedo retratar contigo?». Ya llegado a ese punto, sucumbes ante la bestia, sonríes y se toman un selfie. ¡Alucinante!

Confieso que disfruto cada momento de la actividad. (Bueno, casi cada momento: las filas infernales no las disfruto para nada). Caminar por entre los pasillos, rodeada de todo tipo de criaturas y personajes se convierte en un banquete para mi imaginación que ya de por sí es bastante traviesa. Según vas caminando, te das cuenta que has entrado a una zona libre de acoso. Todos los «raros» -estofones, weirdos, nerdos y travestidos- encuentran un espacio en el que ya no son el otro, sino el uno. Todos caminan con el rostro erguido, con paso seguro, sonreídos. De repente, sus cuerpo no son atacados por ser gordo o flaco; alto o bajo. No importa si eres una señora con nietos vestida de Mujer Maravilla o si eres un adolescente varón que se siente feliz porque por fin puede ir vestido de Elsa mientras susurra para sí Let it go. Aquel espacio de lo fantástico se transforma en el espacio de la liberación. La apertura interpretativa que cada individuo da a su Yo llena el ambiente de un aire de jubileo que resulta contagioso y hasta liberador. Mi pregunta es ¿por qué estos seres que representan la otredad tienen que esperar un año para disfrutar de una visibilidad, no solo permitida, sino plausible? ¿Por qué tienen que llegar a ese lugar para sentirse seguros y libres de acoso?  ¿Qué nos pasa que como sociedad vituperamos, golpeamos y humillamos a una parte de la misma por ser diferente? ¿Cuándo llegará el momento en que nos sentemos a evaluar nuestros actos y comencemos a vivir conforme a la Justicia? Entre nosotros y nosotras viven los monstruos, los héroes y las princesas valientes; entre nosotros y nosotras está la respuesta.


miércoles, 25 de mayo de 2016

Siendo feliz sin pedir permiso




Soy gorda. Sí, obesa, talla grande, full figure, plus size, woman size o cómo le llamen en su país de procedencia. Lo menciono aquí como un dato, no un lamento; como una característica objetiva y evidentemente obvia de la que tengo harto conocimiento desde hace varios años. Y digo esto, porque he comenzado a preguntarme si las personas piensan que no me he dado cuenta del asunto. Hoy, como en otras ocasiones, he tenido que sufrir el «bien intencionado» comentario de una persona con referencia a mi cuerpo. En esta ocasión fue en mi trabajo:
          - Buenos días –dije con una sonrisa.
          - Oye, ¿te vas a comer eso? Mira que eso tiene muchos carbohidratos y                engorda.
          - Yo compré esto de desayuno y me lo voy a comer.- (Imagíneme                       diciendo esto con cara
            de «que paciencia tengo que tener» y «a ti qué te importa»).
          - Eh… Bueno, está bien. Al fin y al cabo tú lo quemas bailando salsa.                   (Ahora imagíneme con cara de What the fuck! ).

Mientras disfrutaba del pecaminoso desayuno, comencé a considerar por qué muchas personas se sienten obligadas a hacer algún tipo de comentario a una persona que no le solicitó su opinión. He llegado a una conclusión: la persona padece del síndrome Mejor afuera que adentro. Sí, definitivamente, no puede ser otra cosa. La persona se siente en la necesidad casi compulsiva de decir algo, cualquier cosa, a ese otro que tiene ante sí y como su mente está perturbada, busca en la región oscura de sus temores, complejos o prejuicios aquello que le sirva para llenar ese incómodo momento de vacío que ella siente debe llenar. Por eso, esta persona hace todo tipo de comentario inapropiado: si no te ve hace tiempo, « ¡wao! Pero que gordo estás»; «no sigas tomando sol que te vas a poner prieto»; «yo no recordaba que tuvieras el pelo tan malo»; « ¡qué jinchera! Pareces una muerta»; «muchacho, pero que flaco. Tienes que echar unas libritas»; etc. Si el comentario no les viene en el momento, entonces recurren a la «broma». La misma tiene la variante de la ambigüedad. Cuando el que sufre la broma responde defensivo, el «enfermo» lo mira con expresión entre sorprendida e inocente y se suelta un «era una broma; no lo tomes a mal».

Me pregunto si el síndrome de Mejor afuera que adentro será contagioso. Si es así, tenemos que, como sociedad, elaborar una vacuna para el mismo. Es triste ver cómo personas se sienten con derecho de juzgar y comentar sobre la vida y decisiones de otras, amparadas en la idea de que «lo digo por tu bien». La realidad intrínseca en el asunto es que aquel que comenta oculta, en los cuartos oscuros de su vida, todo un sin número de complejos e inseguridades que chocan contra la felicidad de aquellos que han aprendido a amarse como son. Mujer, hombre; transgénero, transexual, travesti; negro, blanco, amarillo, rojo; cristiano, musulmán, judío; gordo o flaco son diferentes etiquetas para una realidad que trasciende todo esto: somos seres humanos que queremos ser felices. A pesar de todas las luchas, prejuicios e inseguridades, hemos decidido ser felices con nuestro cuerpo, nuestra identidad y nuestro yo. Así que, ámese y no pida permiso para ser feliz con usted mismo.