con esta incertidumbre que nos arropa la existencia?
Esta existencia tan insípida y descolorida
que solo nos recuerdan las carnes putrefactas
de todos los cadáveres besados
por los fríos labios de la Muerte.
Cuándo voy a decir
esas palabras que me faltan.
¿Acaso será el día en que la luz de tus ojos se apague?
¿Cuando el tiempo haya derramado sobre el olvido
el último segundo que le quedaba?
Si eso pasara,
si llegara ese fatídico día,
gritaría al cielo tu nombre.
Lloraría hasta que los ojos se desgajaran
y un aluvión brotara de ellos
dejando las cuencas vacías,
ciegas,
sin la más mínima oportunidad de ver
los colores del alba.
Las fuerzas me faltan,
pero el espanto que provoca en mí
la posibilidad de ese esperpéntico día
me llevan a mirar tus ojos de medianoche.
Medianoche colmada de estrellas,
clara, cálida, prístina.
Murmuro mi secreto
y sé que me escuchas
porque las estrellas en tus ojos tiritan.
Tomo tu mano.
Siento tu suave apretón
como el roce de una hoja sobre la yerba.
Entonces, el dolor, el miedo y la desesperanza
se esfuman callados,
imperceptibles,
dejando que entre a mi cuerpo
el calor de tu sonrisa,
siempre viva,
siempre eterna.
__________
*Foto de Pexels (https://www.pexels.com/photo/astronomy-beautiful-clouds-constellation-355465/)
**Los poemas y artículos de este blog tienen derechos de autor.
Hace un año tuve la oportunidad de vivir una anécdota. La misma me inspiró a escribir y publicar este post. Hoy quisiera compartirla con ustedes porque el recordarla me ha hecho pensar en varioas cosas que quisiera compartir contigo. «Hoy saqué la corona. Sí, hoy saqué la corona porque era justo y necesario. Y aunque oficialmente no tengo título nobiliario, de vez en cuando tengo que recordarles a las personas quién pone las reglas. (Bueno, al menos en mi cubículo). Trabajo como tutora de Español en una institución universitaria. Ayer, un estudiante vino a pedirme ayuda, a destiempo, sobre un trabajo que debió haber entregado el semestre pasado. Su profesora le concedió la oportunidad de entregárselo ese día. Así que, el chico llegó corriendo a mi oficina para que yo -ya, ahora, en este instante- le corrigiera los acentos. Aunque la misión no parecía complicada, miro su trabajo y descubro, para mi pesar, que el documento estaba plagado de «horrores». No solo tenía errores ortográficos, sino de sintaxis y de sentido. ¡No había quién entendiera eso! Yo, por eso de ser magnánima, me puse de acuerdo con su profesora para que lo pudiera entregar al otro día, lo que me daría tiempo para corregir el trabajo concienzudamente y tener algún tiempo de enseñanza con el estudiante. - Ven mañana temprano a buscar el trabajo. Recuerda que necesitas tiempo para incorporarle las correcciones antes de imprimirlo. -No se preocupe, profesora- los estudiantes también me dicen profesora-. Mañana temprano estoy aquí.
El estudiante aseguró que estaría en mi oficina entre 9:30 y 10 de la mañana. Al otro día, llegó la hora acordada. Esperaba que de un momento a otro apareciera el chico en la oficina. Pasaron las 9:30, las 10:00 y las 11:00 de la mañana. Llegó mi hora de almuerzo y el estudiante no había llegado. Pensé que ya no vendría, así que, me fui a almorzar. Cuando llegué de mi hora de almuerzo, encontré al chico quien me dijo en tono prepotente, y delante de otros estudiantes, «te estuve esperando 45 minutos». «Espérate un momento»- le dije y salí corriendo. Regresé a donde me esperaba el estudiante con su trabajo en la mano y una corona en la cabeza. -Permítame recordarle que la reina de aquí soy yo. Por lo tanto, las reglas las pongo yo y si usted tuvo que esperar fue porque no cumplió con el acuerdo llegando tarde a su compromiso. Así que, tome su trabajo y arranque por ahí a hacer lo que tenga que hacer. Las risas ahogadas de los otros estudiantes se convirtieron en la musicalización de aquel entremés teatral. El chico me miraba con cara de asombro y espanto. Imagino que el asombro venía de que no esperaba lo que pasó; y el espanto, de descubrir que a su tutora de Español le faltaba un tornillo.»
Después de la coronación
¡Cómo somos los seres humanos! ¿Verdad? Podemos ser capaces de las más grandes contradicciones. Atacamos al que nos brinda socorro y menospreciamos al que nos dio su mano. ¿Por qué ocurrirá eso? ¿Será que la humanidad se encierra en sí misma y no reconoce el valor de nadie? ¿Qué nos cuesta respetar y tratar con cortesía a aquellos y aquellas que nos están dando la mano? ¿Por qué insistimos en culpar a otros de nuestros fracasos cuando fue nuestra inacción o irresponsabilidad la que nos llevó a la situación en la que estamos? Nuestra sociedad parece carecer de las destrezas básicas de convivencia en comunidad. El reconocimiento del Otro no lleva, necesariamente, a una valoración positiva o significativa. Simplemente, el Otro es lo diferente, aquel que no soy yo. Por consiguiente, esa otredad es temida, menospreciada o utilizada sin mayor consideración. El Yo puede llegar a ser un niño malcriado y caprichoso. Afortunadamente, no todos son así. Conozco a tantas personas respetuosas, sacrificadas; agradecidas hasta con el menor gesto que se haga a su favor. Gente que es capaz de los más altos actos heroicos o de los más grandes actos de amor. Nadie tiene que ponerse una corona para recordarles cómo se trabaja en comunidad o que uno es el arquitecto de su destino. No debemos culpar a nadie de la consecuencia de nuestros actos. Eso es parte del camino hacia la madurez. Seamos agradecidos, respetemos, tratemos a los demás con cortesía y tomemos las riendas de nuestras vidas. Quién sabe y tal vez llegue el día en que nadie tenga que sacar una corona.
El mundo de la literatura es uno hermoso: lleno de aventuras, encuentros y descubrimientos. A todos aquellos y aquellas que nos encanta leer y escribir, sentimos que estamos en el edén cuando nos involucramos en cualquier actividad relacionada al mismo. Les digo, sin temor a equivocarme, que el mundo de la literatura es bello. Pero, como todo mundo habitado por seres imperfectos, como somos los seres humanos, ese espacio vivencial puede ser uno caótico, estresante y conflictivo. Esa complejidad se acrecienta si nos referimos específicamente al negocio de la literatura.
Cuando al fin decidí darle rienda suelta a mi anhelo de escribir y comencé a involucrarme en todo lo que implica ese arte -investigación, corrección, edición, publicación, etc.-, pude vivir en carne propia las palabras que un editor/escritor compartió en una conferencia a la que asistí: «una cosa es la literatura y otra cosa, muy distinta, es el negocio de la literatura». Es ahí donde los huevos se ponen a peseta*.
De primera intención, la escritura y su negocio podrían parecer lo mismo. Sin embargo, cada uno de ellos trabaja diferentes vertientes del arte. La literatura nos habla del ser humano, lo bueno y lo malo; también nos habla de nosotros mismos de una manera más íntima y específica. Su intención es ser leída, es decir algo. La literatura, lo quiera o no, comunica, urga y extrapola. El negocio nos habla de sí mismo: de sus necesidades y los medios para satisfacerlos. Nos habla de estimados, inversiones, ganancias, consumo, el mercado y proyecciones. Mientras nuestra sensibilidad poética desea llevarnos al acto creativo y al disfrute de lo bello, la realidad del negocio nos recuerda miles de otras cosas: que hay que conseguir el ISBN; que hay que pagarle al corrector y editor; que hay que dar el pago a la editorial, o la compañía de internet, para que hagan las primeras 500 copias del texto; que hay que pagar el arte y las fotos de la portada; ver dónde será la presentación; que librerías visitarás para ofrecer el libro; considerar si contratas a un agente literario, etc. Estos son solo algunos de los detalles que enfrenta el escritor novel, y no tan novel, que pueden amedrentar al corazón más valeroso.
Lo importante en todo el proceso, ya sea desde el punto de vista de la literatura o del negocio de la literatura, es que no olvides algo muy importante: hay una historia que solo tú puedes contar o un poema que solo tú puedes crear. Nadie más puede hacerlo porque es tu historia. Se te reveló a ti y únicamente tú la puedes escribir. Ahora bien, ¿qué puedes hacer para lograr tus sueños de escritor o escritora? Bueno, yo no soy la más experta en el asunto, no obstante, me atreveré a recomendarte par de cosas.
Decide si te vas a ir con una casa editorial o si optarás por la autogestión. Cada una de ellas tiene sus pros y sus contras. Estúdialas y decide cuál te conviene.
Participa de diferentes actividades literarias para que conozcas a otros como tú. Conocer a otras personas que comparten tus intereses y que están pasando por lo mismo que experimentas, te hará sentir que perteneces a una familia y que tienes a quién recurrir en caso de pregunta, temor o simple celebración.
Tienes que exponerte. En muchas de esas actividades literarias hay micrófono abierto. Ese es el momento para poner a prueba tu producto, por así decir, y ver cómo es recibido. Así te vas soltando y conociendo el ambiente.
No eres una isla. Socializa con tus pares. El intercambio siempre enriquece, no quita.
Toma todos los cursos de Educación Continua, certificados, etc. que puedas. Esto te ayudará adquirir nuevas herramientas, conocer el negocio, establecer contactos significativos y a pulir tu talento. Recuerda, el conocimiento y la preparación no adulterarán quien eres como escritor ni perjudicarán tu obra.
No tengas miedo. De primera intención todo parece complicado y puede ser abrumador. No te preocupes, esa sensación pasará. Sigue adelante.
Estas son solo algunas de las recomendaciones a la hora de sobrevivir las dos caras de la literatura. Es importante que te relaciones con ellas ya que serán una realidad en todo tu trayecto. Pero no te preocupes, continúa con tus sueños de ser escritor. No estás sola. No estás solo. Somos muchos los embarcados en esta travesía. Nos habremos de encontrar entre San Juan y la Manchaporque entre los vericuetos del lenguaje siempre habrá lugar para una quijotada.
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* Expresión para indicar que una situación es compleja o difícil.
¡Me encanta la playa! Me gusta escuchar el sonido de las olas. Ese sonido repetitivo que hacen al tocar la orilla me relaja y me hace sentir en casa. El sentimiento se complementa con el olor a salitre que activa las memorias de una niñez y juventud envueltas en ese aroma. Sí, me encanta la playa.
Amo ver los diferentes tonos de azul reflejados en las tibias aguas de un día soleado en mi isla borinqueña. Estar rodeada de tanto color, de tanta luz, de tanto aroma, de tanta agua, no hacen más que llenarme el alma y mi cuerpo se convierte en caracol que, aun en la distancia, murmura su canto. Sin importar que afuera de mi ventana lo que vea sea el manto frío que teje el invierno, siempre que cierro los ojos escucho el susurro de las olas y un poco de ese mar se me escapa por los ojos. La playa es más que la inmensidad del mar, es la profunda medida de mi añoranza.
Lo más curioso de todo esto es que no me gusta ir a la playa. ¿Paradoja incomprensible? Me explico. No me gusta sentir la arena en los pies ni cómo ella se me pega al cuerpo. Detesto esa sensasión pegajosa que se lleva uno de regreso a la casa y que lo obliga a meterse bajo la ducha de pies a cabeza. No me gusta ver los pececitos que se acercan y que provocan que esté todo el tiempo en movimiento para evitar que se alleguen. Termino el día exhausta, con calor, pegajosa; con arena hasta en los dientes; desesperada por cambiarme de ropa y muerta de hambre. ¿Será que solo me gusta el aspecto idílico de la playa?
Independientemente sea el aspecto idílico o no lo que me gusta, lo cierto es que el mar ejerce una gran influencia en mí. El mar me relaja; me inspira. A su canto ancestral recurro cuando necesito concentrarme; cuando necesito crear. El mar siempre me recuerda el camino a casa; es el consuelo de todas mis nostalgias. Es mi llamado a la calma, pero también mi llamado a la acción. Aquellos y aquellas que han tenido la oportunidad de nacer o vivir en una isla o cerca de la costa han experimentado alguna de estas cosas, al menos, una vez. Claro, no puedo afirmar que el 100% de esas personas han sucumbido a su embrujo; sin embargo, puedo decir que han sido muchos los que se han dejado encantar por el sonido de las olas.
En resumen, ya sea de cerca o de lejos, por nacimiento o por costumbre, por inspiración o por práctica, puedo decir que, como muchos, amo la playa. La amo, no solo por el entretenimiento que ella pueda ofrecer, sino por las cosas que me revela de mí misma cuando la escucho y por ser una musa para mi ingenio.
¡Qué difícil pueden ser los lunes! Tal vez sea un mito o una predisposición del ánimo por un acondicionamiento social, pero lo realidad es que los lunes le pesan a uno en el cuerpo y en el alma. Sí, los lunes «pesan» ¡y cómo pesan! No importa si dormiste profunda y placenteramente; o si te amaneciste porque debías entregar un proyecto a primera hora el otro día; o tu niño se enfermó y su fiebre te tuvo en vela. ¡Qué difíciles pueden ser los lunes!
Los lunes representan el regreso a la rutina, a las labores. Los lunes le recuerdan a uno lo mucho que se disfrutó el fin de semana y ahora se tiene que pagar por los placeres obtenidos a deshoras (mea culpa). Igualmente te recuerdan si lo pasaste mal. Ellos tienen ese herrumbre sabor a enfermedad y cansancio que es plenamente mental y aprendido. De la única manera que un lunes sabe a gloria es cuando es festivo. ¡Oh que diferente son los domingos cuando el lunes es feriado! Porque hasta el pobre domingo se ve teñido por nuestro enloquecido ánimo a causa del lunes.
Para mí, el nefasto día es el comienzo de mis locas cavilaciones; o sea, que es el día en que comienzo a considerar qué incluiré en el blog esa semana. Como saben, Entre San Juan y la Mancha se nutre de mis vivencias, observaciones y reflexiones sobre asuntos cotidianos, y no tan cotidianos, expuestos de manera sencilla y jocosa. (Bueno, al menos yo pienso que es jocosa). Así que, indirectamente, los lunes se han ido transformando en días de introspección. Si nos dejamos llevar por la definición del Diccionario de la Real Academia Española -quien define introspección como Mirada interior que se dirige a los propios actos o estados de ánimo**-, podemos concluir que tener un momento para esa mirada nos proporcionará la oportunidad de edificar una semana más feliz, con propósito y con algo que compartir. Viéndolo desde ese punto de vista, ya los lunes no tienen que ser tan nefastos ni tan pesados; más bien, brillantes, ligeros, llenos de alegría y esperanza. Definitivamente, todo va a depender de nosotros mismos. Así que, queridos lectores y lectoras, comencemos hoy lunes con una actitud positiva, echándole a esta semana una miradita a los proyectos por venir con ánimo de aventura y esperanza. Solo así se puede llevar a cabo la metamorfosis del lunes.
¡Ya ni sé cuántas veces entré a You Tube buscando inspiración! Tal vez unas 1,500 veces. Y esto solo en You Tube porque ni les cuento de Pinterest, Facebook y hasta Tumblr. En fin, que la inspiración se escapó de los laberintos de las redes sociales y decidió esconderse en algún vericueto de las humanas realidades.
¿Qué hacer cuando uno quiere escribir, o debe escribir, y la inspiración se hace escurridiza? Pues, obviamente, yo no lo sé porque he andado hace semanas buscándola y la muy picarona andaba jugando al esconder. Intenté algunas de las técnicas que antes había usado: escuchar música, ver videos motivadores, reflexionar sobre un tema; intentar escribir un poema o un cuento, etc. Les digo que nada me funcionaba. Así que me dije «Lorem Ipsum, no te queda de otra: hay que invocar a los dioses de You Tube y Pinterest». Entonces, me di a la tarea de escuchar y leer las recomendaciones de otros sobre cómo resolver la falta de inspiración. Algunos recomendaban salir a la calle; otros, leer. Había quien recomendaba releer otros trabajos que uno había escrito; o que se retocaran cosas «viejas» y las volviera a publicar. ¡Ah! Y que no se me olvide el que no cree en la inspiración y le dice a uno «déjese de pendejaces y siéntese a escribir que esto de ser escritor es cuestión de disciplina». ¡Qué les puedo decir! Después de tanta lectura, de tanto video y de tanta búsqueda, al final y al cabo, no sabía qué escribir, qué hacer ni si la inspiración era algo real o un mito. ¡Oh San Cervantes! ¿Hacia dónde miran esos ojos desde los cielos que no me han mirado? ¿Hacia dónde señalas con tu mancado brazo que no me has tocado? Despierta de tu sueño, oh pluma que cuelgas en la espetera, y revélame tus misterios como una vez lo hiciste con Cide Hamete Benegeli. ¡Alhamdulillah!
La cacería parecía que estaba por terminar sin ninguna presa como premio. Deseaba escribir. Quería encontrarme con cada uno de ustedes y contarles alguna peripecia, pensamiento o hazaña ridícula de esta peculiar vida. Como el deseo estaba, decidí sentarme frente a mi página en blanco, poner música de sonidos naturales de fondo y comenzar a escribir. Entonces, vino a mí el susurro de la primera oración (¡Ya ni sé cuántas veces he entrado a You Tube buscando inspiración!). La antes escurridiza inspiración se acercaba lentamente, sonreída; mostrándose apacible, pero también juguetona. Venía de la mano de Calíope, la musa con la que más discuto. Entonces entendí que hay cosas por las cuales vale la pena seguir intentando y el acto creativo de la escritura es una de ellas. Cuando encontramos eso por lo cual luchar, debemos buscar toda la ayuda posible para continuar la pelea sin desmayar. Pude que la búsqueda no sea fácil o que las voces sean muchas y hasta contradictorias, no obstante, si el premio de la meta vale la pena, es necesario ser perseverantes. Hoy mi meta fue escribir, pero no escribir al vacío, sino, con alguien en mente: tú. Tú, lector y lectora, que eres la presencia invisible por quien escribimos. Ese público silente -no tan silente- que se anida en nuestra mente y conversa con nosotros. A ese público les digo: si leíste todo mi escrito, no me queda más que decirte gracias. Nos vemos más tarde en algún lugar entre San Juan y la Mancha.
El ambiente era el mismo de todas las noches: pobre
iluminación, colillas de cigarrillo por todo el suelo, par de mesas de madera
en mal estado acompañadas con sus sillas en igual condición; sobre cada mesa,
una vela, una botella de licor, dos vasos de cristal y una conversación
superflua. El humo de los cigarrillos había creado una gran nube, teñida de las
incipientes luces, olorosa a alcohol y sudor. Allí en el arrabal era día de
milonga. Hoy se baila tango.
Él llegó al lugar como todas las noches: pasadas las
diez; vestido de pantalón y gabán gris algo gastado, camisa blanca, corbata
negra y un sombrero a lo Gardel. Pasó el umbral. Esperó a que sus ojos se
acostumbraran a la penumbra del local. Sacó el pañuelo y secó su frente. Entonces la vio:
sentada en la falda de un hombre, lanzando una carcajada mientras convencía al
ya intoxicado señor a que se bebiera otro trago.
Ella reaccionó como todas las noches: tomó el trago
que le había invitado aquel hombre de un golpe y sin respirar; cerró los ojos y
dejó que una gota de licor descendiera de la comisura derecha de sus labios y
se perdiera por la hendidura de sus senos. Se permitió el lujo de dejar los ojos cerrados por un milenio -o un segundo,
que en su caso era lo mismo-. Cuando los abrió, se encontró con los de él: los
mismos ojos que la buscaban pasadas las diez.
Como todas las noches, entre
medio de todo el bullicio del boliche, unos acordes anuncian su canción. Ella
se levanta de la falda del ahora cliente inconsciente. Agarra el dinero que hay
sobre la mesa, lo cuenta, se queda con una parte y llama al mesero quien limpia
y toma el resto. Con sus movimientos lentos, acompasados, casi etéreos, la
mujer se acerca al centro del lugar. El hombre, también había comenzado a caminar
hacia aquel espacio destinado para el baile. Cuando se encontraron frente a
frente, ya varias parejas habían empezado a dibujar sobre el suelo los giros
adoloridos y sufridos que proponía la canción.
Él extendió su mano
izquierda hacia ella mientras se hundía irremediablemente en la noche eterna de
sus ojos. Ella dejó que su mano derecha se deslizara sobre aquella que le
invitaba a un viaje sin retorno. Él la acercó hacia sí y ella colocó su brazo
alrededor de aquel hombre como si fuera un ala. Al roce de las mejillas, los
ojos se cerraron inevitablemente. El cambio de peso de un pie a otro anunciaba
el comienzo de la travesía. Un paso, luego otro, una pausa, un desliz. Al calor
de los cuerpos, la necesidad de estar más cerca se hacía evidente, como se
hacía evidente en cada uno de los rostros el dolor que embargaba cada corazón. Giro
en el mismo sitio, cruce de piernas y el pie de ella que roza la pantorrilla de
su compañero.
Tú...
yo sé que el cielo,
el cielo y tú,
vendrán acá para salvar
mis manos presas a esta cruz.
Si esta mentira audaz
busca mi pena,
no la descubras tú
que me condena.
Guárdala en ti,
que es mi querer,
desengañarme así
será más cruel *
Él, como todas las noches, sintió que la mejilla
húmeda de su compañera se alejaba de la suya y que ella lo miraba a los ojos,
tan cerca que un beso hubiera podido salvar esa distancia. «Ya es hora» susurró
en una lengua que él pensó que era lunfardo. Mientras miraba aquellos
ojos-noche, las llamas -que habían sido invocadas por una vela que en el
traspié de algún borracho había dado contra una cortina mugrienta- se habían
levantado como gigantescos árboles de fuego que intentaban cubrirlo todo con
sus frondosas llamaradas.
- Ya es hora.
Vete.
- Volveré
mañana.
- No lo hagas.
Descansa.
- No puedo. No
podré nunca.
Él no pudo evitar, como todas las noches que llegaba
al lugar, cerrar los ojos y recordar aquel terrible día: el único en el que,
molesto, se había marchado del boliche sin ella. Aquella madrugada, al
enterarse que aquel antro se consumía bajo las llamas purificadoras de un
incendio, corrió hasta allá, encontrándose con la catastrófica realidad de los
cuerpos calcinados aun humeantes. Ya han pasado 10 años y desde ese entonces,
pasadas las diez, el hombre se coloca en medio de las ruinas con los ojos
cerrados.
- Te
tienes que ir. Ya es hora.
- Volveré
mañana.
- No lo
hagas. Descansa.
No...
no me repitas ese adiós...
que esto lo sepa solo Dios,
el cielo y tú. *
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* Marcó, Héctor (letra) y Mario Canaro (música). Tú, el cielo y tú. http://www.todotango.com/musica/tema/3181/Tu-el-cielo-y-tu/ Tango de 1944
¡Ave María! Qué rico es escuchar una buena salsita. Me gusta la música. Mi gusto musical es bastante amplio (o al menos eso creo). Pero la salsa… la salsa tiene un lugar especial en mi corazón y en mis pies. Para mí la salsa es el recuerdo de las fiestas familiares en casa de mis tíos maternos. Bautismos, cumpleaños, Nochebuena, Navidad, día de Reyes eran la excusa perfecta para formar tremendo fiestón al son de Héctor Lavoe, Richie Ray y Bobby Cruz, Tito Rodríguez, Roberto Roena y su Apollo Sound; la Selecta, el Gran Combo, la Sonora Ponceña, la Fania All Star, entre otros. La música no paraba. Era otro más de los invitados, sino el invitado principal. Así que, no debe parecerles raro que yo le dedique unas líneas a la música en este ejercicio de comunicación llamado blog. Buscando guayaba pertenece al álbum Siembra que grabaron en conjunto Rubén Blades y Willie Colón. El mismo se lanzó al mercado en 1978 y contiene alguna de las canciones más icónicas de la salsa como lo son Pedro Navaja, Plástico y Siembra. Era la época de una salsa más intelectual y de crítica social, pero igualmente sabrosa y bailable. Claro está, cuando uno es una niña en 1978 lo de salsa intelectual importa poco. El hecho de que el tipo de la canción ande buscando guayabas, cuando a mí no me gustaba esa fruta, no me hacía ningún sentido. Además, si no encuentra la bendita guayaba ¿para qué sigue buscando? Que se consiga un mangó, un guineo o una piña. Al pasar los años pude entender que la guayaba no era guayaba y que las palabras no siempre son lo que parecen ser. ¡Benditas metáforas! Qué nos haríamos sin ustedes. Aquella sabrosa «guayaba» que buscaba el hablante lírico era al objeto de su deseo: «una guayaba salva y morena / una guayaba que esté bien buena»; una «prieta» con sabor a mentol y que lo haga detenerse en su caminar por el mundo. La voz lírica lo que busca es una mujer a quien amar. Y aunque el tema de la mujer como objeto y no como sujeto en la música tropical es harto interesantísimo, tendrá que ser harina de otro costal. ¿Qué es entonces lo que nos ha llamado la atención de esta canción para presentársela a ustedes? Creo que la clave está, no en la guayaba en sí, sino en la búsqueda. ¿Qué tiene el ser humano en su ADN que lo lleva siempre a ella? La búsqueda del amor, la búsqueda de la riqueza, la búsqueda de seguridad, la búsqueda de la longevidad, la búsqueda de la paz. Todos y todas andamos buscando nuestras propias «guayabas» que nos hagan detener en el camino y nos lleven a vivir a la casa dorada que es la felicidad. ¿O no es la felicidad, al final y al cabo, lo que buscas y se hace elusivo en el trayecto? Yo ando buscando mi guayaba, tú andas buscando tu guayaba, todos andamos buscando esa guayaba «que tenga sabor y que tenga mentol». En ocasiones, el cansancio del camino nos desmotiva y terminamos conformándonos con mangós, guineos o piñas (aunque en la realidad no metafórica todos son muy ricos y no tendría problemas en sustituir la bendita guayaba por ellos). En fin, la senda de la vida se presenta ante nosotros y nosotras con sus altas y bajas. El camino no es nada fácil, no obstante, le insto a que siga hacia adelante. El proceso de búsqueda le irá enseñando qué es lo más importante de todo aquello que usted anhela. Llegará el momento en el que lo que usted pensaba que lo haría feliz ya no es tan importante. Se crece y se madura en este caminar, por eso, son tan importantes los procesos. Siga hacia adelante, confíe en el proceso, esté dispuesto a dejar morir aquellas cosas que, usted sabe, ya no representa lo que lo hará feliz. Siga poco a poco, paso a paso: al final del camino la guayaba siempre aparece (tal vez vestida de un sabroso mangó).
El timbre de la escuela sonó
(eran las 3 de la tarde). Cada rincón del recinto supo que las labores del día
habían terminado. Los niños tomaron sus bultos y salieron corriendo del lugar.
Yo era uno de ellos. Corría hacia la libertad, así que bajaba los escalones de
la escalera de tres en tres. La libertad te da alas. Mi abuela me esperaba
frente a la escuela. Le daba un beso, le pedía la bendición y caminaba junto a
ella contando los minutos. El trayecto hacia la casa no era largo, pero yo lo
sentía eterno. Trataba de correr con todas mis fuerzas mas la voz autoritaria
de mi abuela gritando mi nombre me hacía caer en cuenta que no debía abandonar
su lado. Y aunque hubiera podido invertir el tiempo pensando en qué deberes me
habían dado, yo entendía que no era el momento en pensar en asignaciones,
proyectos o tareas. Era el momento de contar los minutos para llegar a casa:
pronto comenzaría mi programa favorito. La realidad era que el «pronto» no era
tan pronto. El programa comenzaba a las 6:30 después de las noticias del canal
2. Pero yo tenía que hacer varias cosas antes de sentarme a ver televisión:
tenía que bañarme, poner la ropa en gancho, comer y sacar las asignaciones para
luego hacerlas. Cuando llegaba la hora, me metía en el cuarto de mis padres,
prendía el televisor, me sentaba en la butaca de mi papá y esperaba la
introducción del esperado programa: «Este es el programa número 1 de la
televisión humorística… ¡El chavo del 8!...».
Entonces, mi felicidad estaba completa.
El chavo del 8
fue un programa mexicano muy exitoso que se vio prácticamente en toda América y
España. La primera aparición del mismo fue en 1971 y duró hasta 1980, aunque
sus personajes también hicieron apariciones en el show de Chespirito hasta 1992. El
chavo del 8 presentaba las peripecias de un niño y sus amigos en la
vecindad donde vivía. En ella podíamos ver representados diferentes tipos de
personas: los que pertenecían a una clase social privilegiada y vinieron a
menos (Doña Florinda); los profesionales de la educación (Profesor Girafales); el
empresario local (Señor Barriga); el pobre que no encuentra - o no quiere
encontrar - trabajo (Don Ramón); la anciana que vive entre el pasado y la
realidad que le ha tocado (Doña Clotilde); y la niñez que repite los patrones
de vida que han visto de sus padres (Chilindrina, Kiko y Ñoño) o aquella que
trata de sobrevivir sola en esa sociedad violenta a la que ha llegado sin saber
por qué (Chavo).
La violencia en América Latina
se había convertido en una realidad palpable. Los 70 vieron el comienzo de
varias dictaduras: Hugo Banzer en Bolivia; Alfredo Stroessner en Paraguay;
Augusto Pinochet en Chile; Juan María Bordaberry en Uruguay; Jorge R. Videla en
Argentina, entre otros. En esa misma década, México sufrió una gran crisis
económica que provocó conflictos con el sector sindical. Toda esta violencia
generalizada tiñó también cada episodio de la serie: Doña Florinda le pegaba a
Don Ramón; Don Ramón le pegaba al Chavo, a Kiko o a la Chilindrina; el Chavo le
pegaba a Kiko, este también le pegaba; y así sucesivamente.
Se preguntarán por qué estamos
hablando de El chavo del 8. El 17 de
junio falleció el actor Rubén Aguirre quien interpretaba al Profesor Girafales,
maestro de los niños y el interés romántico de Doña Florinda. Su partida fue
cubierta por los medios noticiosos y las redes sociales. Fueron muchos, en
distintas partes del mundo, los que expresaron sus condolencias a la familia
del actor y quienes contaron más de una anécdota sobre él. Y es que la muerte
de Rubén Aguirre puso a todos los que vivieron la experiencia del Chavo en el lugar de la nostalgia. Nostalgia
por una vida pasada; nostalgia por la inocencia; nostalgia por los que estaban
con nosotros y ya no están. Todo se resume en la pena de vernos ausentes de los
lugares y las personas que nos formaron. Es una tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida
(http://dle.rae.es/?id=QdfICDo). ¿Cuál dicha perdida? Para aquellos y aquellas que
vivieron los horrores de la dictadura, la dicha de poder borrar - o al menos
ignorar - el dolor, el miedo y el sufrimiento por 30 minutos. La dicha de poder
vivir en un mundo, el mundo de la vecindad, que tenía sentido; un lugar en el
que las cosas malas ocurrían, pero se resolvían con una estruendosa carcajada.
Tal vez, lo que nos trae en esta
hora la adultez es la oportunidad de crear escenarios de vida y esperanza allí
donde la historia sembró dolor, muerte y terror. Tal vez lo que nos trae es
recordar con cariño aquellos que ya no están con nosotros, pero que nos
modelaron lo que era amar y vivir la vida dignamente. La adultez nos ha llevado
a vivir en un nuevo espacio, en una nueva vecindad llamada Mundo y mientras
encuentro mi lugar en esa vecindad, no puedo evitar escuchar en mi cabeza la
canción tema del programa de mi infancia ni que en mi rostro se esboce una
sonrisa.
Sí, hablar de esperanza en estos tiempos parece una locura. La tristeza,
el desasosiego, la angustia, parecen intentar hacer sus nidos en el alma
colectiva de los pueblos. Los recientes acontecimientos ocurridos en el estado
de la Florida añaden una lágrima más a nuestra ya llorosa conciencia. Pareciera
como si los heraldos negros* de César Vallejo cabalgaran salvajes y desbocados
sobre la faz de la tierra. Ante tanto dolor, las voces que se han ido levantando
han sido voces de dolor, desesperanza y deseos de venganza. ¿Será acaso esta
última la solución para erradicar, o al menos minimizar, el sufrimiento de la
humanidad? Es entonces cuando hablar de esperanza se hace locura, pero una
locura necesaria.
¿Qué es esperanza? Como
término, la palabra esperanza se
define como «estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo
que se desea»**. La esperanza cambia nuestro ánimo transformando ante nuestros
ojos las circunstancias, haciendo que lo que deseamos sea algo posible y
alcanzable. Entonces, ¿qué necesitamos para que la esperanza sea una realidad
en esta sociedad convulsa? ¡Esperanzadores! Mujeres y hombres que den, y
provoquen, esperanza. Y aunque la palabra esperanzador
aparezca en el diccionario como adjetivo y no como un sustantivo, me tomaré
esta libertad poética de trastocar, por
un instante, su función. ¡Necesitamos esperanzadores! Gente
que dé esperanza en los momentos de mayor oscuridad. ¡Necesitamos
esperanzadores! Personas que provoquen ese cambio de ánimo en el prójimo que
los lleve a visualizar como posible lo que se desea; mas no solo visualizar,
sino también
que lo provoque a luchar por aquello que la esperanza sabe que es alcanzable.
En un mundo tan dolido, tan enfermo, tan sufrido y violento ¿qué es lo que deseamos?
La paz. No traigo esta respuesta como una simplista del tipo concurso de
belleza. La paz hay que trabajarla, hay que construirla, hay que sudarla. La
paz exige sacrificios de nuestra parte: que le demos nuestro tiempo, nuestras fuerzas;
que sirvamos con humildad, con entrega, con pasión. Ser un constructor de paz
no es sencillo. Ser un provocador de esperanza tampoco lo es, pero nos ha tocado vivir un momento en la historia en que se hace urgente y necesario que
se levanten hombres y mujeres que se conviertan en esperanzadores.¿Te convertirás tú en un esperanzador? No es tiempo
de hablar de paz; es tiempo de trabajar por ella.
Sé que hablar de
esperanza en estos tiempos parece una locura, pero no existe un momento más
pertinente que este para hablar de ella. Además, ¿por qué tenerle miedo a esta
locura? Al fin y al cabo, entre San
Juan y la Mancha siempre habrá espacio para alguna quijotada.
¿Existiría el prejuicio si las personas supieran la procedencia de sus ancestros? Como miembros de una sociedad ubicada en un marco territorial específico, crecemos pensando que nuestra manera de ver el mundo es la mejor. Que la forma de resolver los conflictos, de hacer las cosas, aun nuestra comida es superior a la de cualquier otro lugar. Es normal, y saludable, sentir orgullo patrio; que amemos nuestro país, nuestras costumbres, recursos naturales, gastronomía y nuestra gente. No obstante, cuando ese orgullo patrio se funda sobre el desprecio y la humillación de otros grupos étnicos y países, se convierte en prejuicio. A través de los siglos, el prejuicio étnico ha probado ser un cáncer para la humanidad: ha arrasado las tierras que ha invadido y ha opacado el brillo del espíritu humano.
No sé si sería suficiente una prueba de ADN para erradicar el prejucio racial o por etnia. ¿Pero es que hace falta una prueba de ADN para llegar a la conclusión de lo importante que es cada país, cada etnia, de cada ser humano? ¿Por qué insistimos en buscar las diferencias que nos separan en vez de las similitudes que nos puedan unir? Creo que este video nos invita a reflexionar y tomar conciencia de que, al fin y al cabo, todos somos ciudadanos del mundo y la diversidad nos enriquece.
¡Ay, Dios mío, qué paciencia!
Sí, qué paciencia hay que tener cuando se trata de interactuar con otro ser
humano. Todos aquellos y aquellas que leyeron «La corona» saben que trabajo
como tutora para la clase de Español en una institución universitaria. El hecho
de trabajar con estudiantes le provee a uno toda una serie de experiencias. La
mayoría de ellas gratificantes; pero hay otras que ¡ay, ay, ay! Yo he aprendido
a tomar estas vivencias como oportunidades de crecimiento a nivel personal. No
obstante, confieso, hay ocasiones en que quisiera que salieran rayos de mis
ojos para fulminar a alguien. Ya que esto no puede pasar (¡gracias Dios!), me
limito a cerrar los ojos y poner la mano sobre el rostro mientras susurro «qué
paciencia hay que tener, qué paciencia».
Hoy, por ejemplo, fue uno de
esos días de la mano en el rostro. A las 8:40 de la mañana llega este chico muy
sonreído y se para en el umbral de la entrada de mi cubículo: venía a aclarar
unas dudas sobre el material discutido en la clase del día anterior. Toma
asiento frente a mi escritorio y comienza a hablar. Mientras escucho, le
observo con cierta intriga: hay algo que me incomoda de él que no logro
descifrar. El tiempo que estuvimos dialogando no dejó de sonreír, pero sus
labios tenían cierta torcedura que le daban un aire petulante.
- ¿Todo lo que el profesor
enseña viene en el examen?
- (¡Vaya pregunta!). Si el
profesor lo está enseñando es que es de importancia, es bueno que lo sepas y probablemente
venga en el primer examen.
- ¿Pero este material vendrá
palabra por palabra? ¿Así?- y comenzó a recitar burlón lo que tenía escrito en
su libreta.
- El profesor les dirá qué
tipo de examen tendrán, cuáles son los parámetros de evaluación y en cuál
formato quiere que contesten.
- ¿Usted sabe quién es la
madre de Fulano? (Aquí va el nombre del autor estudiado).
- No, no sé quién es.
- Ah… Debería saber porque
ella es la inspiración de su primer periodo como escritor… Bla, bla, bla… -
Así siguió su retahíla de
información, con aire de triunfo y sonrisa petulante. ¡Al fin podía demostrar
que sabía más que yo! (Entonces, ¿para qué venir a tutorías? Quién sabe). ¿Yo?
Me senté derecha -con las manos entrelazadas descansando sobre el escritorio-, mirándolo
a los ojos sin ningún tipo de expresión en el rostro. Una vez hubo terminado,
le di una amplia sonrisa y le felicité:
- Muy bien, por lo que veo ya
está más que preparado –preparadísimo- para lo que pueda enfrentar en la prueba;
por lo tanto, gracias por haber venido. Hasta aquí la tutoría. Se puede
retirar.
- Pero aún tengo dos preguntas
sobre…
- Oh, lo lamento, ya eso es
material para otra cita. ¡Adiós!
No sé si el estudiante
percibió todos los matices del sarcasmo con el que teñí mis palabras y mi
amplia sonrisa, pero no importa, ya me lo saqué del sistema.
Después de toda esta
«aventura», no pude evitar que vinieran a mi mente las siguientes preguntas:
¿Por qué hay personas que para fortalecer su autoestima intentan humillar a los
demás, sobre todo, aquellos que le intentan ayudar? ¿Cuál es la necesidad de
disminuir al otro para engrandecerse? El ser humano parece ser la encarnación
de todo el sin-sentido que pueda existir en esta vida. Todavía nos falta por
entender que el servicio al prójimo es lo que nos enaltece. Cuando compartimos
lo que hemos aprendido en esta vida de forma humilde y desinteresada, nos
convertimos en mejores personas. La acumulación de conocimiento, diplomas y
estudios solo nos provee la oportunidad de conseguir mejores trabajos; pero si
ese conocimiento lo ponemos al servicio del otro, el mismo se convertirá en
semilla de esperanza en esta sociedad convulsa que nos ha tocado vivir.
La conglomeración de las pequeñas preocupaciones son las que levantan las paredes de los palacios de la angustia. ¿Cuál es, entonces, la consigna de este fin de semana? ¡Suelta el vaso!
Este fin de semana que pasó se llevó a cabo en San Juan el Puerto Rico Comic Con. En esta actividad se reúnen admiradores de la ciencia ficción, el animé y el género de fantasía (dragones, princesas, caballeros, elfos, enanos, gigantes, etc.). Si nunca has tenido la oportunidad de ir a algo parecido a esto, te diré que la experiencia puede ser una entre mágica y alucinante. Y es que puedes estar caminando por los pasillos del gran salón, mirando los ofrecimientos de los vendedores, cuando de repente… ¡bum! los ojos de un predator se clavan en los tuyos. Entonces, sientes un escalofrío que te recorre por la espalda y el sentido de supervivencia se apodera de ti. Un grito se desenreda y corre por tu garganta. Acto seguido, con una rapidez de la que no te creías capaz, metes tu mano en el bolsillo, sacas el celular y le dices: « ¡Qué brutal! ¿Me puedo retratar contigo?». Ya llegado a ese punto, sucumbes ante la bestia, sonríes y se toman un selfie. ¡Alucinante! Confieso que disfruto cada momento de la actividad. (Bueno, casi cada momento: las filas infernales no las disfruto para nada). Caminar por entre los pasillos, rodeada de todo tipo de criaturas y personajes se convierte en un banquete para mi imaginación que ya de por sí es bastante traviesa. Según vas caminando, te das cuenta que has entrado a una zona libre de acoso. Todos los «raros» -estofones, weirdos, nerdos y travestidos- encuentran un espacio en el que ya no son el otro, sino el uno. Todos caminan con el rostro erguido, con paso seguro, sonreídos. De repente, sus cuerpo no son atacados por ser gordo o flaco; alto o bajo. No importa si eres una señora con nietos vestida de MujerMaravilla o si eres un adolescente varón que se siente feliz porque por fin puede ir vestido de Elsa mientras susurra para sí Let it go. Aquel espacio de lo fantástico se transforma en el espacio de la liberación. La apertura interpretativa que cada individuo da a su Yo llena el ambiente de un aire de jubileo que resulta contagioso y hasta liberador. Mi pregunta es ¿por qué estos seres que representan la otredad tienen que esperar un año para disfrutar de una visibilidad, no solo permitida, sino plausible? ¿Por qué tienen que llegar a ese lugar para sentirse seguros y libres de acoso? ¿Qué nos pasa que como sociedad vituperamos, golpeamos y humillamos a una parte de la misma por ser diferente? ¿Cuándo llegará el momento en que nos sentemos a evaluar nuestros actos y comencemos a vivir conforme a la Justicia? Entre nosotros y nosotras viven los monstruos, los héroes y las princesas valientes; entre nosotros y nosotras está la respuesta.
Soy gorda. Sí, obesa, talla grande, full figure, plus size, woman size o cómo le llamen en su país de procedencia. Lo menciono aquí como un dato, no un lamento; como una característica objetiva y evidentemente obvia de la que tengo harto conocimiento desde hace varios años. Y digo esto, porque he comenzado a preguntarme si las personas piensan que no me he dado cuenta del asunto. Hoy, como en otras ocasiones, he tenido que sufrir el «bien intencionado» comentario de una persona con referencia a mi cuerpo. En esta ocasión fue en mi trabajo:
- Buenos días –dije con una sonrisa. - Oye, ¿te vas a comer eso? Mira que eso tiene muchos carbohidratos y engorda. - Yo compré esto de desayuno y me lo voy a comer.- (Imagíneme diciendo esto con cara de «que paciencia tengo que tener» y «a ti qué te importa»). - Eh… Bueno, está bien. Al fin y al cabo tú lo quemas bailando salsa. (Ahora imagíneme con cara de What the fuck! ). Mientras disfrutaba del pecaminoso desayuno, comencé a considerar por qué muchas personas se sienten obligadas a hacer algún tipo de comentario a una persona que no le solicitó su opinión. He llegado a una conclusión: la persona padece del síndrome Mejor afuera que adentro. Sí, definitivamente, no puede ser otra cosa. La persona se siente en la necesidad casi compulsiva de decir algo, cualquier cosa, a ese otro que tiene ante sí y como su mente está perturbada, busca en la región oscura de sus temores, complejos o prejuicios aquello que le sirva para llenar ese incómodo momento de vacío que ella siente debe llenar. Por eso, esta persona hace todo tipo de comentario inapropiado: si no te ve hace tiempo, « ¡wao! Pero que gordo estás»; «no sigas tomando sol que te vas a poner prieto»; «yo no recordaba que tuvieras el pelo tan malo»; « ¡qué jinchera! Pareces una muerta»; «muchacho, pero que flaco. Tienes que echar unas libritas»; etc. Si el comentario no les viene en el momento, entonces recurren a la «broma». La misma tiene la variante de la ambigüedad. Cuando el que sufre la broma responde defensivo, el «enfermo» lo mira con expresión entre sorprendida e inocente y se suelta un «era una broma; no lo tomes a mal». Me pregunto si el síndrome de Mejor afuera que adentro será contagioso. Si es así, tenemos que, como sociedad, elaborar una vacuna para el mismo. Es triste ver cómo personas se sienten con derecho de juzgar y comentar sobre la vida y decisiones de otras, amparadas en la idea de que «lo digo por tu bien». La realidad intrínseca en el asunto es que aquel que comenta oculta, en los cuartos oscuros de su vida, todo un sin número de complejos e inseguridades que chocan contra la felicidad de aquellos que han aprendido a amarse como son. Mujer, hombre; transgénero, transexual, travesti; negro, blanco, amarillo, rojo; cristiano, musulmán, judío; gordo o flaco son diferentes etiquetas para una realidad que trasciende todo esto: somos seres humanos que queremos ser felices. A pesar de todas las luchas, prejuicios e inseguridades, hemos decidido ser felices con nuestro cuerpo, nuestra identidad y nuestro yo. Así que, ámese y no pida permiso para ser feliz con usted mismo.