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jueves, 8 de diciembre de 2016

Bocetos de bellezas inconcebibles



No sé si están de moda o no, pero este tipo de video motivacional se hace cada día más pertinente. ¡Cuántas veces he escuchado a mujeres disminuirse a sí mismas ante un halago! No puedo contar las ocasiones en que le he dicho a alguna compañera de trabajo o amiga lo bien que se ve y recibir por respuesta « ¡Oh gracias! Este vestido es bien viejo», « Gracias, pero me tengo que pintar el pelo» o « ¡Ay muchacha qué va a ser! Si estoy gordísima. Mira como se me marca la barriga aquí». Lo interesante del caso es que cuando hago el mismo ejercicio con varones y les digo lo elegante que se ven siempre me contestan con una sonrisa, un «gracias» y ya; sin más explicación, sin necesidad de justificarse, sin la obligación de disminuirse.


Podría entrar aquí en un análisis sobre el estereotipo de la belleza en nuestra cultura occidental contemporánea; también podría hablar sobre lo bello a través de la historia; o quizás la imposición de un modelo de hermosura según los medios de comunicación o la industria de la moda. Podría hablar de tantas cosas que, tal vez, ya has escuchado. Pero hoy no lo haré. Hoy solo te diré que te ames; que ames cada centímetro de tu cuerpo. Hoy te diré que mires aquello que llamas «defecto» como el trazo de una pincelada que te hace único y especial en esta obra pictórica llamada vida. Las voces del pasado que trataron del opacarte ya se fueron; las voces del presente que intentan humillarte te temen. ¡No le des poder a aquello que intenta destruirte! ¡Vamos, amiga, hay que amarse! (Y eso va para ti también, amigo que sufres en la sombra). Nuestra belleza no es algo inconcebible: es una realidad para el aquí y para el ahora. 


https://youtu.be/ZDEgPnwkZyM

miércoles, 25 de mayo de 2016

Siendo feliz sin pedir permiso




Soy gorda. Sí, obesa, talla grande, full figure, plus size, woman size o cómo le llamen en su país de procedencia. Lo menciono aquí como un dato, no un lamento; como una característica objetiva y evidentemente obvia de la que tengo harto conocimiento desde hace varios años. Y digo esto, porque he comenzado a preguntarme si las personas piensan que no me he dado cuenta del asunto. Hoy, como en otras ocasiones, he tenido que sufrir el «bien intencionado» comentario de una persona con referencia a mi cuerpo. En esta ocasión fue en mi trabajo:
          - Buenos días –dije con una sonrisa.
          - Oye, ¿te vas a comer eso? Mira que eso tiene muchos carbohidratos y                engorda.
          - Yo compré esto de desayuno y me lo voy a comer.- (Imagíneme                       diciendo esto con cara
            de «que paciencia tengo que tener» y «a ti qué te importa»).
          - Eh… Bueno, está bien. Al fin y al cabo tú lo quemas bailando salsa.                   (Ahora imagíneme con cara de What the fuck! ).

Mientras disfrutaba del pecaminoso desayuno, comencé a considerar por qué muchas personas se sienten obligadas a hacer algún tipo de comentario a una persona que no le solicitó su opinión. He llegado a una conclusión: la persona padece del síndrome Mejor afuera que adentro. Sí, definitivamente, no puede ser otra cosa. La persona se siente en la necesidad casi compulsiva de decir algo, cualquier cosa, a ese otro que tiene ante sí y como su mente está perturbada, busca en la región oscura de sus temores, complejos o prejuicios aquello que le sirva para llenar ese incómodo momento de vacío que ella siente debe llenar. Por eso, esta persona hace todo tipo de comentario inapropiado: si no te ve hace tiempo, « ¡wao! Pero que gordo estás»; «no sigas tomando sol que te vas a poner prieto»; «yo no recordaba que tuvieras el pelo tan malo»; « ¡qué jinchera! Pareces una muerta»; «muchacho, pero que flaco. Tienes que echar unas libritas»; etc. Si el comentario no les viene en el momento, entonces recurren a la «broma». La misma tiene la variante de la ambigüedad. Cuando el que sufre la broma responde defensivo, el «enfermo» lo mira con expresión entre sorprendida e inocente y se suelta un «era una broma; no lo tomes a mal».

Me pregunto si el síndrome de Mejor afuera que adentro será contagioso. Si es así, tenemos que, como sociedad, elaborar una vacuna para el mismo. Es triste ver cómo personas se sienten con derecho de juzgar y comentar sobre la vida y decisiones de otras, amparadas en la idea de que «lo digo por tu bien». La realidad intrínseca en el asunto es que aquel que comenta oculta, en los cuartos oscuros de su vida, todo un sin número de complejos e inseguridades que chocan contra la felicidad de aquellos que han aprendido a amarse como son. Mujer, hombre; transgénero, transexual, travesti; negro, blanco, amarillo, rojo; cristiano, musulmán, judío; gordo o flaco son diferentes etiquetas para una realidad que trasciende todo esto: somos seres humanos que queremos ser felices. A pesar de todas las luchas, prejuicios e inseguridades, hemos decidido ser felices con nuestro cuerpo, nuestra identidad y nuestro yo. Así que, ámese y no pida permiso para ser feliz con usted mismo.