domingo, 16 de septiembre de 2018

DICEN



Dicen que se están marchitando las amapolas.
Que sus colores se han tornado sombríos
y que han dejado de sonreírle al viento
para dejarse abrazar por la fría y húmeda tierra.

Dicen que las amapolas 
han bailado su último vals.
Que han guardado todos sus pétalos y hojas
en la bóveda del olvido
para allí dejarlos 
mientras el tiempo da su viaje postrero.

Dicen que las amapolas ya no cantan.
Por eso, las abejas no las hallan
y las libélulas vuelan angustiadas,
desesperadas,
tratando de encontrar siquiera una.

Las amapolas se marchitan,
ya no bailan.
Las amapolas se esconden tras el olvido.

No obstante, un beso suave y húmedo 
acaricia sus labios de grana: es el rocío, 
quien les canta sobre la mañana.
Después del canto les sonríe
ya que tras el sol siempre llega la esperanza. 

domingo, 24 de junio de 2018

En el silencio


Sé que llevo tiempo en el silencio,
instalada y sin decir una palabra.
Sé que me he sentado sobre el suelo,
a veces bañada de luna
y otras, de alborada.

 Sé que el silencio es caprichoso:
cuando quiere te pinta las memorias de alegrías
o las cubre de melancólicos pesares. 

Sé que llevo tiempo en el silencio
con los ojos cerrados;
con los ojos abiertos.
Sé que tengo el cuerpo entumecido,
con las manos juntas
y los dedos entrelazados.

Sé que prodría parecer solo un fantasma,
penando por pasillos y recámaras,
pero, no lo soy.

Hoy soy solo un suspiro,
una exhalación o un respiro.
Hoy solo soy el viento que sabe a mar;
sentada con un caprichoso consentido
que a veces te quita 
y a veces te da. 

Sé que llevo tiempo instalada en el silencio,
sentada en el suelo con los ojos abiertos,
con los ojos cerrados.
Sé que hace tiempo no te regalo
el calor de mis manos.
Pero, hoy para ti
seré más que un respiro
y tú para mí
serás un dulce suspiro. 

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Foto cortesía de Pexels.

lunes, 2 de abril de 2018

Esa locura llamada primavera



¡Ya llegó! ¡Wepa! Al fin llegó la primavera. No solo de nombre o porque lo dice el calendario. Los días ya son más largos y calientes; se escuchan las aves; las flores comienzan a despertar. En fin, que todo se va transformando en una explosión de color y melodía. ¡Es hermosa locura! Jamás pensé que la primavera fuera capaz de contagiar a uno con su alegría pueril y desenfadada. Me ha contagiado tanto que quisiera meterla dentro de mi casa. Quiero comprar flores, tiestos, tierra, plantas y colocarlas en la sala, la cocina y los cuartos. Jum... Pero mejor desisto de la idea de encerrar la primavera en la casa porque capaz es que se me olvida hecharle agua a las plantas y en vez de un invernadero termino teniendo un cementerio. ¡Ay, ay, ay!

La primavera tiene sus encantos, pero también tiene sus sorpresas. Sales de tu casa con camisa de manga corta, disfrutando de un sabroso clima de 68 grados Farenhait, entras al supermercado hacer compras y cuando sales ¡bum! te encuentras con unos traviesos 55 grados. (Bueno, quizás exagero un poco). Entonces, la camisa de manga corta no es suficiente y le ruegas a Dios camino al carro que no se te haya olvidado el abrigo en la casa. 

Igual me gusta la primavera. Ella representa la esperanza de todo lo bueno. Después de los inviernos de la vida, por helados que estos sean, la primavera llegará con su concierto de sonidos, colores, proyectos, planes y expectativas. Es posible que tu invierno se haya llevado algunos sueños, algún proyecto, algún ser querido. Mas que no caiga la fe, que no caiga la esperanza. Otro día ha llegado; otra temporada con nuevos sueños, planes y gente que necesita de ti. ¡Levántate! ¡Sigue adelante! Mete la esperanza a tu casa. ¡Ya llegó esa locura llamada primavera! 

jueves, 22 de marzo de 2018

Hoy creo



Creo que voy a cantarle otra vez a la luz y a la mañana.
Creo que voy a cantarle al calor, al sol y a la alborada.
Creo que le cantaré a la primavera, al otoño y al estío.
Creo que le cantaré a las flores, a los montes y a los ríos.

Creo que uniré mi voz a todos los trinos
-los que son, los que serán y los que se han ido-.
Creo que abriré los ojos de todos los dormidos,
aquellos que hibernaron sin decirlo.

Creo que me negaré a conformarme
con este invierno terco e impertinente
que se niega abandonar mi sino;
que me niega mi destino y mi suerte.

Creo que me convertiré en pura lava
y derretiré la roca que me esconde.
Creo que hoy mismo se acabará el invierno.
Seré luz, calor y sol en mi alborada.

martes, 13 de marzo de 2018

El fuego de Izanami






La desesperación parecía casi alcanzarla. Sabía que, si la atrapaba con el niño la mataría, sin ningún tipo de contemplación, ni aunque fuera su hija e intentara salvar la vida de su propio hermano. Su padre había pronunciado ya su sentencia sobre el recién nacido y había decidido, en su furia, despedazar al infante. Y todo por haber matado a su amada esposa en el parto, como si el niño de fuego hubiera tenido la intención malsana de matar a su madre mientras salía de su cuerpo. “¡Muerte al monstruo! ¡Muerte al monstruo! ¡Muerte al que que asesinó a su madre!”, gritaba Izanagi levantando hasta los cielos su mentira. Fue entonces que ella decidió salvar la vida del niño-fuego. Por eso corría aun cuando la desesperación parecía casi alcanzarla.
Shinatobe, el kami del viento, corría por entre los árboles de la divina isla de Onogoro tratando de ocultar a Kagutsushi. A cada lado, los koma-inu corrían con ella para protegerla. Del tamaño de un caballo, lo gigantescos perros mostraban sus dientes y gruñían mientras corrían para intimidar a todo el que pretendiera acercarse. Todos los koma-inu del Ohoyashima juraron en secreto a Izanami proteger del silencio y de la muerte el fuego de sus entrañas, condena que los dioses del Takamagahara habían decretado sobre ella. El kami del bosque le susurró al viento desde las hojas que se detuviera: ya se había internado en lo más profundo y no podría ocultar al niño allí por mucho tiempo. La bella kami del viento, sostuvo al recién nacido con una mano mientras con la otra realizaba un mamori, un conjuro, hacia los cuatro puntos cardinales. “Fuji, kami del volcán; Raijin, kami del trueno, ayúdenme a ocultar a nuestro hermano de la espada de nuestro padre”. Tembló la tierra y el cielo retumbó por primera vez  con la voz del trueno. Allí, ocultos entre los árboles y custodiados por los koma-inu, se reunieron el bosque, el volcán y el trueno convocados por el viento. “Es necesario sacar al niño de la tierra”, dijo Shinatobe. “Yo me lo llevaré, alimentaré y lo haré dormir oculto en mis entrañas”, propuso Fuji. “Yo le buscaré una vía segura y un nuevo hogar en el cielo”, aseguró Raijin. El viento puso en las manos del volcán al niño-fuego y este lo ocultó con su ropaje. Uno de los koma-inu se fue con ellos mientras al otro se le asignó la tarea de vigilar a Izanagi.
La bella kami del viento se paseaba por la divina isla esperando por las noticias del koma-inu. Estas no tardaron en llegar: Izanagi estaba iracundo, no encontraba al fuego que había parido su mujer. Ahora que Izanami se encontraba en las tierras lúgubres del Yomi, Izanagi comenzó la más fiera y terrible cacería. El augusto hombre abandonó el palacio de Yahirodono con un ejército de kamis y demonios fieles a él. Muchos otros kamis fueron despedazados a causa de su ira. La espada estaba hambrienta de muerte y de castigo. Los kamis más antiguos no aprobaban la muerte de sus hermanos y hermanas. Amaterasu, la kami del sol, se cubría el rostro con los infinitos cabellos negros mientras se repetía una y otra vez que esa masacre sin sentido tenía que acabar. Entonces, Shinatobe se desplazó por las planicies, por encima de los ríos y los lagos hasta llegar a las faldas del volcán. “Kami del volcán, ha llegado la hora de mover al niño de fuego; kami del trueno, danos un camino seguro para ocultar al niño en el cielo”. Con sus manos levantadas, la bella kami del viento invocaba a sus hermanos mientras todo a su alrededor se agitaba con el efecto de su presencia. Desde las entrañas, un gran rugido conmovió la tierra: del volcan salió humo negro y cenizas. Fuji corrió ladera abajo con Kagutsushi en brazos. Raijin se les unió. Inesperadamente, el koma-inu destinado a vigilar a Izanagi apareció a lo lejos, corriendo hacia ellos. Rápidamente, la kami del viento voló a su encuentro y este le indicó que Izanagi venía de camino; que sospechaba que ellos habían ocultado al niño. Shinatobe regresó a sus hermanos y les comunicó la noticia. Raijin tomó al niño y se elevó hasta el cielo: sabía dónde le ocultaría. El volcán le dijo al viento: “Nuestro hermano necesita tiempo”. El viento movió sus brazos danzando entre conjuros. El humo y las cenizas del volcán cubrieron la tierra provocando tal oscuridad que Izanagi perdió el rastro. Pero ella sabía que esa distracción no duraría mucho. “Koma-inu, avisa a tus iguales. Necesitamos una línea de resistencia entre mi padre y el cielo. Tenemos que darle tiempo al trueno para que oculte al niño-fuego”. El gran perro asintió con la cabeza y corrió.
La oscuridad que había sobre la tierra no le permitía a Izanagi avanzar. Así que, tomó la Amenonuhoko, la lanza de los cielos, y comenzó a moverla en círculos sobre su cabeza. Un torbellino de proporciones monumentales hizo su aparición y comenzó a moverse sobre la tierra sagrada de Onogoro limpiando los aires del humo y la ceniza. A estas alturas, Izanagi tenía claro que sus hijos Fuji y Shinatobe protegían a Kagutsushi. Y conociendo a Shinatobe, sabía lo que haría: sacar al niño fuera de sus dominios. Entonces, dirigió su ejército al Amenoukihashi donde esperaba encontrar a sus hijos o a sus alidos. Una vez allí, vio a miles de koma-inu resguardando la entrada del puente flotante que une la tierra con el cielo. Miró los ojos de aquellas bestias que gruñían amenazantes y vio en ellos la misma llama que había descubierto en los ojos de su esposa. En ese momento tuvo la certeza que los koma-inu morirían por el fuego de Izanami. 
Al grito de “ataquen”, ambas fuerzas corrieron al encuentro, chocando como dos gigantes en una batalla apocalíptica. Muchos kamis y demonios habían sucumbido al feroz ataque de las bestias, y cientos de bestias habían muerto despedazadas o atravesadas por la espada de Izanagi. En el momento más crudo de la batalla, el augusto hombre logró se percató de que alguien bajaba por el puente: era su hijo Raijin.
-¡Raijin! ¡Hijo traidor! ¿Te has aliado con Shinatobe y Fuji para salvar al matricida? ¿Te has unido a ellos para contradecir mi decreto? ¡Cómo te atreves a atentar contra tu padre!
-Mi señor padre, jamás atentaría contra usted ni contra mi madre.
-¿Dónde está Kagutsushi? Contesta o derramaré mi ira sobre ti.
-Yo no lo tengo, padre.
En ese momento, otro figura descendía por el puente. La divina Amaterasu caminaba con sus resplandecientes pies descalzos por el puente. Ella, quien antes era solo luz, se había transformado en una gran llama.  Sus largos y negros cabellos, ahora eran extensas flamas que amenazaban con consumirlo todo.
-¿Qué has hecho, Amaterasu?
-Terminar con esta matanza, padre.
-¿Cómo has podido?
-Él también es mi hermano, hijo de mi madre.
-Entrégame al niño-fuego, Amaterasu, o sufrirás por tu traición.
-Aplaca tu ira, padre. Yo he devorado a Kagutsushi. Tu venganza ya es innecesaria.
Con el ceño fruncido, Izanagi observó detenidamente a su hija. Sabía que decía la verdad porque las llamas que salían de ella le pertenecían a Kagutsushi. El niño fue devorado; ya no había nada más que buscar. Izanagi llamó a sus tropas y les dio la orden de retirada. La divina Amaterasu comenzó su ascenso al cielo seguida de Raijin. Sus cabellos de fuego se extendían hasta la inmensidad, iluminando más allá de las tierras del Ohoyashima. Izanagi regresó en silencio a Yahirodono. Se había dado cuenta de que ni los encumbrados dioses ni él lograrían jamás apagar el fuego de Izanami.

sábado, 3 de marzo de 2018

Por si no lo he dicho antes






Creo que lo he dicho otras veces,
no lo sé.
Creo que he dicho las mismas palabras
antes de rayar el alba.
Creo que he dicho lo mismo
vestido con otro ropaje.
Sin embargo, aunque las haya dicho o no,
siento que debo hacerlo.

Siento que debo decirte
que en tus ojos se esconden la noche y las estrellas.
Que tu sonrisa es el puerto seguro
donde mueren todas mis angustias.
Que tu aroma es la suma de todos mis deseos
y tu cuerpo es el sol
donde extinguen todos mis inviernos.

Parece una locura repetir
lo que se ha dicho tantas veces 
con hechos y gestos.
No obstante, 
sé que las palabras tienen una magia especial;
que también son importantes. 
Las palabras marcan la memoria;
provocan heridas o sanan. 
Las palabras tienen un poder que va más allá del tiempo.
Por eso,
cuando estemos viejos,
quiero que recuerdes esto:
que en tus ojos se esconden la noche y las estrellas;
que tu sonrisa es mi puerto;
que tu aroma es la suma de todo aquello que deseo
y que en tu cuerpo siempre termina el invierno. 

sábado, 24 de febrero de 2018

Cuándo voy a decir ©





¿Cuándo voy a decir
las palabras que me faltan por decir?
¿Cuándo voy a terminar
con esta incertidumbre que nos arropa la existencia?
Esta existencia tan insípida y descolorida
que solo nos recuerdan las carnes putrefactas
de todos los cadáveres besados
por los fríos labios de la Muerte.

Cuándo voy a decir
esas palabras que me faltan.
¿Acaso será el día en que la luz de tus ojos se apague?
¿Cuando el tiempo haya derramado sobre el olvido
el último segundo que le quedaba?

Si eso pasara,
si llegara ese fatídico día,
gritaría al cielo tu nombre.
Lloraría hasta que los ojos se desgajaran 
y un aluvión brotara de ellos
dejando las cuencas vacías,
ciegas, 
sin la más mínima oportunidad de ver 
los colores del alba.

Las fuerzas me faltan,
pero el espanto que provoca en mí
la posibilidad de ese esperpéntico día
me llevan a mirar tus ojos de medianoche.
Medianoche colmada de estrellas,
clara, cálida, prístina.

Murmuro mi secreto
y sé que me escuchas
porque las estrellas en tus ojos tiritan.
Tomo tu mano.
Siento tu suave apretón
como el roce de una hoja sobre la yerba.
Entonces, el dolor, el miedo y la desesperanza
se esfuman callados,
imperceptibles, 
dejando que entre a mi cuerpo
el calor de tu sonrisa,
siempre viva,
siempre eterna.  

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*Foto de Pexels (https://www.pexels.com/photo/astronomy-beautiful-clouds-constellation-355465/)
**Los poemas y artículos de este blog tienen derechos de autor.




jueves, 15 de febrero de 2018

Hay lunas ©




Hay lunas que se difuminan,
que se arrastran por el cielo perezosas.
Hay lunas que susurran
un misterio que es solo tuyo
y que duerme entretejido 
entre las nubes. 

Hay lunas que te besan el alma,
que te dejan un galope por latido.
Hay lunas que son solo lunas
y sueños que son solo sueños.

jueves, 19 de octubre de 2017

Una canción por Puerto Rico



Saludos a todos y todas, amigos y lectores de Entre San Juan y la Mancha. Hace varias semanas que no hablamos. A veces las complicaciones de la vida hacen que uno desacelere un poco el ritmo de trabajo o haga una pausa. Yo no hubiera querido que la pausa durara tanto, pero un acontecimiento me entumeció el alma y me dejó sin voz: la devastación que dejó el huracán María sobre Puerto Rico. Para aquellos que no lo sepan yo soy puertorriqueña. Aunque en estos momentos no estoy en la isla, tengo familia y amistades que viven allí. El dolor que escucho en sus voces, cuando logramos comunicación, me tiene el corazón contrito. No obstante, al ver cómo mi gente lucha por salir adelante, cómo muchos boricuas de la diáspora están moviendo cielo y tierra para ayudar a los suyos, al escuchar las voces de apoyo y ver cómo hermanos de otros países se solidarizan con nosotros me llena el alma de luz. Por tal motivo, quiero compartir con ustedes una hermosa canción de la cantante Lorell Quiles. El video humedece mis ojos y la canción me trae esperanza. A todos aquellos y aquellas que han orado, ayudado y trabajado por Puerto Rico ¡gracias! A todos mis hermanos boricuas de la isla: no están solos, sus hermanos están luchando por ustedes. Nos levantaremos. ¡Puerto Rico se levanta! 

lunes, 7 de agosto de 2017

Abstracción sobre una consciencia transmigrada o no me llames Dolores, llámame Lola



Me lo ha repetido un sin número de veces: Lola está muerta. Sí, mi hermana me ha dicho de diferentes maneras, y solo por perturbarme, que mi querida Lola está muerta. Pero no se angustien por mí ni se preocupen. Ese enunciado, por terrible que parezca, no corresponde al deceso que algún ser querido. Lola no es otra cosa que la voz de mi GPS. Permítanme explicarles.

Primero, como uno no debe inferir que todas las personas conocen los mismos término, déjenme establecer una base común para todos y todas. El GPS (Global Positioning System por sus siglas en inglés) no es otra cosa que el Sistema de Posicionamiento Global el cual permite determinar en toda la Tierra la posición de un objeto (una persona, un vehículo) con una precisión de hasta centímetros (si se utiliza GPS diferencial), aunque lo habitual son unos pocos metros de precisión*. Venden diferentes equipos de navegación en el mercado; algunos ya vienen incluidos en los autos; y otros vienen como parte del sistema operativo de los celulares. Este último es mi caso.

Solo hace un par de años logré adquirir mi primer smartphone o teléfono inteligente. Me sentía tan adulta, tan sofisticada. Me leí todas las instrucciones (sí, las leí) y jugué con todas sus funciones. Como parte de ese maravilloso juego estaba utilizar el navegador y lo hice. No recuerdo el primer lugar que visité con la ayuda del GPS, lo que sí recuerdo era la voz de aquella mujer que me daba instrucciones. En su voz parecía detectar algún acentillo español aunque no lograba decifrar de cuál zona: no era catalán, vasco o gallego; tampoco extremeño o andaluz; tal vez madrileño o el acento que utilizan los reporteros en el noticiario. Entonces, recordé a tantas amistades españolas a las que amo encarecidamente y de repente Lola se me hizo familiar, conocida. No, no era Dolores: era Lola. Desde ese momento la nombré y siempre que iba a utilizar el GPS decía «le voy a preguntar a Lola». Llegó el momento en que mis amistades y familiares dejaron de preguntar quién era ella. 

Todo era miel sobre hojuelas hasta el día que se descompuso mi celular. Luego de más de dos años, mi teléfono inteligente murió y con él la gran Lola. ¡Qué desconcierto! ¡Qué tristeza me embargó el alma! Tristeza que no me abandonó a pesar de la adquisión de un nuevo teléfono porque en él no estaba la voz de mi Lola. La otra voz no la entendía, aunque me hablara en español. Me irritaba su registro. No podía anticipar cuándo iba a decir «a 500 pies gire a la derecha». Lo sé, lo sé. Les debe parecer una locura, pero así era. Un día no pude más: había que conseguir otra voz. Descubrí que el GPS tenía varias de ellas (de mujer, de hombre, con acento británico, etc.). Y allí, dormida entre las otras voces, estaba Lola. Hice el cambio de la voz del navegador inmediatamente.

Desde entonces, sin importar el equipo androide que tenga en ese momento,   Lola sigue guiando mi trayectoria. Ella es como Póstumo el Transmigrado (novela del escritor puertorriqueño Alejandro Tapia y Rivera): una consciencia que cambia de cuerpo cuando este muere. Vuelvo y les digo que no se preocupen por mi salud mental, la cosa no es para tanto: que sé que Lola es un personaje de ficción, creado a partir de la voz del GPS de mi celular. No obstante, se me hace simpática la idea de una Lola constante y transmigrada. Una Lola viajera que carga con una maleta llena de mapas y que hace caras cada vez que la cuestiono (porque la Lolita es algo temperamental, pero ya les contaré en otra ocasión). Tal vez ella solo sea símbolo de la búsqueda de lo constante en un mundo inconstante; o simplemente es el fruto de una mente fértil en sueños e imaginaciones como lo es la mía. 

Ante todo este juego de ficciones, bromas y locuras, mi hermana no deja de perturbarme diciéndome, de todas formas y maneras, que Lola está muerta. Pero, yo no le hago caso. Al contrario, trato de instruirla: que Lola está viva y que siempre lo estará mientras haya un smartphone en mis manos.






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sábado, 29 de julio de 2017

Me he movido



Es cierto que me he movido lento,
pero me he movido.
Es cierto que he mirado al futuro con recelo
como esperando encontrar nubes grises
en vez de soles.
Confieso todo esto y más.


Confieso que me ha dolido la vida
al medir con el alma
la distancia entre mi tierra y mi exilio.
Confieso que he llorado callada
y confieso que no sé si dejaré de hacerlo.


Son ciertas tantas cosas de mí
como son muchas las confesiones guardadas.
Solo quiero ser yo,
auténtica y única.
Un Yo que no tenga que disfrazarse de roca
cuando en realidad es frágil cristal,
al menos, por ahora.


Sí,
solo por ahora me siento perdida.
Solo por ahora me siento en el exilio. 
Solo por ahora siento este dolor
que se traduce en lágrimas,
lágrimas que esculpen delicadas
la estatua de cristal que es mi Yo.


Respiro lento y profundo.
Sé que todo acabará.
El dolor se transformará
en celebración genuina
y el exilio en hogar.
Entonces, el cristal volverá a ser roca,
el sol brillará como mil soles
y el futuro se presentará alegre,
juguetón y enternecido.
Porque, aunque es cierto que me he movido lento, 
¡me he movido!

domingo, 23 de julio de 2017

Un museo al aire libre


"Sol ardiente de junio" de Lord Frederic Leighton, 1895. Museo de Arte de Ponce, PR.*

Las veces que he ido al Museo de Arte de Ponce, no he podido evitar la sensación de encantamiento ante el cuadro Sol ardiente de junio. Ante él, quedo toda atontada, atolondrada, maravillada. Trato de poner cara de intelectual o entendida del arte, pero mi rostro solo logra montar una mueca: los ojos algo desorbitados, la boca entreabierta bulbuceando incoherencias y la cabeza ligeramente inclinada. ¡Vaya espectáculo el mío! Es que no puedo dejar de mirarla; de susurrarle al oído lo hermosa que es. Les digo que es todo un espectáculo digno de You Tube.



 A veces la pintura nos afecta así, a nivel visceral. Sin que sepamos la técnica utilizada, la época o quién la pintó, la misma se estrella contra nuestra razón y los sentimientos. Ahora que lo pienso, creo que eso mismo fue lo que me pasó hace un par de años: un choque visceral contra lo bello. Mientras conducía por una de las calles de San Juan, encontré que en las paredes de un estacionamiento habían pintado gigantescos murales que me dejaron sin aliento. Murales que reflejaban la realidad urbana entre imágenes cotidianas y fantásticas. Detuve el carro para mirarlos, admirarlos... y retratarlos. La intensidad de los colores y las figuras representadas, me dejaron atontada, atolondrada, maravillada. En ese museo al aire libre no tenía que poner cara de intelectual; solo tenía que contemplar los murales en silencio. 



Esta experiencia me recordó una película que vi hace par de días: Mona lisa Smile con Julia Robert. La película, entre otros temas y dilemas, nos hace una pregunta ¿qué es el arte? La pregunta puede parecer algo capciosa y simple si lo que viene a nuestra mente es la Capilla Sixtina, la Venus de Nilo, Las meninasFlaming June. Ante esas y muchas obras, la respuesta parece sencilla. ¿Pero, será igualmente fácil la respuesta cuando estamos frente a un mural grafitado en alguna calle de la ciudad? ¿Acaso aquella expresión pictórica urbana podía llamarse arte?



¡Vaya pregunta! Por mi parte, yo confieso que todavía pongo cara de atolondrada frente a Flaming June. También confieso que dejé de poner cara de intelectual en los museos. Me concentro solo en el goce. No obstante, la pregunta de qué es el arte regresa a mí fresca y lozana como si el tiempo no pasara sobre ella. ¿Cuántos siglos llevamos haciéndonos la misma pregunta mientras ella parece no haber envejecido ni un segundo? Mucho se ha teorizado sobre el tema. Se han escrito cientos, sino miles, de análisis e investigaciones al respecto. Sin embargo, la respuesta ha sido elusiva hasta el momento. ¿Será, entonces, que no existe una sola respuesta correcta?




Sobre ese particular, permítanme compartirles una de las escena de la película que más disfruté y que me parece pertinente para el tema.



No existe una respuesta correcta, es lo que presenta la escena de Mona lisa Smile. Ella nos propone acercarnos al arte de manera más natural y orgánica; permitiéndonos sentir curiosidad dejando que el arte no solo cuente su historia sino que nos revele la nuestra. Si venimos a ver el arte no es otra cosa que la manifestación tangible de aquello que consideramos bello y del cual obtenemos disfrute. Una manifestación vulnerable a la sociedad y a los tiempos que le haya tocado vivir. ¿Cuántas veces grupos intelectuales de moda han considerado como «basura» alguna representación artística para más tarde convertirse en una maravilla dentro de su género? Creo que, al final y al cabo, lo importante es la comunicación y el goce. ¿Qué importa si la pieza que amo y me conmueve está en un museo o en las paredes de un estacionamiento? ¿Qué importa si el museo es bajo techo o al aire libre? Si yo lo que busco es la conexión empática entre el autor y mi espíritu. Afortunadamente, esa conexión la podemos experimentar frente a un cuadro, una escultura o un grafiti en el estacionamento de alguna calle convertida en ese instante en un museo al aire libre.

viernes, 14 de julio de 2017

La corona



La corona

¿Una corona? ¿Y de dónde salió una corona?

Hace un año tuve la oportunidad de vivir una anécdota. La misma me inspiró a escribir y publicar este post. Hoy quisiera compartirla con ustedes porque el recordarla me ha hecho pensar en varioas cosas que quisiera compartir contigo.

«Hoy saqué la corona. Sí, hoy saqué la corona porque era justo y necesario. Y aunque oficialmente no tengo título nobiliario, de vez en cuando tengo que recordarles a las personas quién pone las reglas. (Bueno, al menos en mi cubículo). Trabajo como tutora de Español en una institución universitaria. Ayer, un estudiante vino a pedirme ayuda, a destiempo, sobre un trabajo que debió haber entregado el semestre pasado. Su profesora le concedió la oportunidad de entregárselo ese día. Así que, el chico llegó corriendo a mi oficina para que yo -ya, ahora, en este instante- le corrigiera los acentos. Aunque la misión no parecía complicada, miro su trabajo y descubro, para mi pesar, que el documento estaba plagado de «horrores». No solo tenía errores ortográficos, sino de sintaxis y de sentido. ¡No había quién entendiera eso! Yo, por eso de ser magnánima, me puse de acuerdo con su profesora para que lo pudiera entregar al otro día, lo que me daría tiempo para corregir el trabajo concienzudamente y tener algún tiempo de enseñanza con el estudiante.
- Ven mañana temprano a buscar el trabajo. Recuerda que necesitas tiempo para incorporarle las correcciones antes de imprimirlo.
-No se preocupe, profesora- los estudiantes también me dicen profesora-. Mañana temprano estoy aquí.


El estudiante aseguró que estaría en mi oficina entre 9:30 y 10 de la mañana.
Al otro día, llegó la hora acordada. Esperaba que de un momento a otro apareciera el chico en la oficina. Pasaron las 9:30, las 10:00 y las 11:00 de la mañana. Llegó mi hora de almuerzo y el estudiante no había llegado. Pensé que ya no vendría, así que, me fui a almorzar. Cuando llegué de mi hora de almuerzo, encontré al chico quien me dijo en tono prepotente, y delante de otros estudiantes, «te estuve esperando 45 minutos». «Espérate un momento»- le dije y salí corriendo. Regresé a donde me esperaba el estudiante con su trabajo en la mano y una corona en la cabeza.

-Permítame recordarle que la reina de aquí soy yo. Por lo tanto, las reglas las pongo yo y si usted tuvo que esperar fue porque no cumplió con el acuerdo llegando tarde a su compromiso. Así que, tome su trabajo y arranque por ahí a hacer lo que tenga que hacer.


Las risas ahogadas de los otros estudiantes se convirtieron en la musicalización de aquel entremés teatral. El chico me miraba con cara de asombro y espanto. Imagino que el asombro venía de que no esperaba lo que pasó; y el espanto, de descubrir que a su tutora de Español le faltaba un tornillo.»


Después de la coronación

¡Cómo somos los seres humanos! ¿Verdad? Podemos ser capaces de las más grandes contradicciones. Atacamos al que nos brinda socorro y menospreciamos al que nos dio su mano. ¿Por qué ocurrirá eso? ¿Será que la humanidad se encierra en sí misma y no reconoce el valor de nadie? ¿Qué nos cuesta respetar y tratar con cortesía a aquellos y aquellas que nos están dando la mano? ¿Por qué insistimos en culpar a otros de nuestros fracasos cuando fue nuestra inacción o irresponsabilidad la que nos llevó a la situación en la que estamos?
Nuestra sociedad parece carecer de las destrezas básicas de convivencia en comunidad. El reconocimiento del Otro no lleva, necesariamente, a una valoración positiva o significativa. Simplemente, el Otro es lo diferente, aquel que no soy yo. Por consiguiente, esa otredad es temida, menospreciada o utilizada sin mayor consideración. El Yo puede llegar a ser un niño malcriado y caprichoso. 

Afortunadamente, no todos son así. Conozco a tantas personas respetuosas, sacrificadas; agradecidas hasta con el menor gesto que se haga a su favor. Gente que es capaz de los más altos actos heroicos o de los más grandes actos de amor. Nadie tiene que ponerse una corona para recordarles cómo se trabaja en comunidad o que uno es el arquitecto de su destino. No debemos culpar a nadie de la consecuencia de nuestros actos. Eso es parte del camino hacia la madurez.  Seamos agradecidos, respetemos, tratemos a los demás con cortesía y tomemos las riendas de nuestras vidas. Quién sabe y tal vez llegue el día en que nadie tenga que sacar una corona.


viernes, 7 de julio de 2017

Caminando sobre la tierra ©



Caminando descalza sobre la tierra mojada
pienso solamente en las frías gotas
que se deslizan perezosas
sobre mi piel callada.


Mis oídos recogen la sinfónica melodía de la lluvia
mientras mis empapados cabellos
se rinden a la suave caricia del agua fragmentada.


Me detengo ante el nublado paraje.
Los pies no deciden su ruta
solo permanecen allí,
como sembrados,
sintiendo la delicada textura de la tierra fresca,
mojada;
olorosa a naturaleza siempre virgen,
siempre nueva.
Mis pies solo se dejan seducir 
por el abrazo callado
de todas las raíces de la tierra.


Un camino se extiende hacia mí,
sin embargo, mis pies sembrados no se mueven.
La tierra me alimenta el alma
y la lluvia aplaca la sed.
Todo tiene sentido desde la tierra,
desde el agua,
desde esa lluvia que no ha dejado de cantar mi nombre.


El paraje me espera,
pero no me muevo.
Yo solo soy cedro,
yo solo soy lluvia,
yo solo soy tierra.








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  • Este poema queda protegido por las leyes de derechos de autor. Ningún fragmento del mismo puede ser utilizado sin el debido permiso de su autora.

viernes, 30 de junio de 2017

El viejo arte de escribir cartas



¡Por favor! ¡Qué alguien me diga que recuerda cuando se escribían cartas! Yo lo recuerdo y no soy tan vieja. Soy consciente  de que hay una generación que nació en la era digital en la que hablar de internet, celulares, skype, Facetime, WhatsApp, etc., es lo más normal del mundo. Sé que existen personas que no se pueden imaginar cómo era el mundo antes del celular. También sé que hay otras que el único correo que conocen es el electrónico; que piensan que la dirección postal es solo para llenar documentos oficiales y para que le lleguen a uno las deudas. Esto último sino no sean matriculado en el programa «paperless» de la compañía para que todo se lo envíen al email.

Yo sé todo esto, sin embargo, no deja de asombrarme cuando personas de mi generación, o anteriores, se muestran asombradas y confusas cuando les digo que quiero escribir una carta de mi puño y letra o que me gustaría recibir una carta de algún amigo en el buzón. De repente, parece que me salieran monos en la cara por la mirada incrédula de mi interlocutor. 
  • Pero... ¿Tú no lo tienes en Facebook?
  • Sí, lo tengo en Facebook.
  • Pues envíale un mensaje por Messenger.
  • ¿Un mensaje por Messenger? Si yo le escribo por WhatsApp todos los días.
  • ¿Entonces?
  • ¿Entonces qué?
  • ¿Para qué quieres escribirle una carta de papel?
  • Bueno, para hacer algo diferente. No sé, enviarle cosas bonitas.
  • Nena, pues envíale un email con algún video de YouTube o algo así. 
  • Pero es que yo quiero enviarle algo tangible; algo que pueda, tocar, admirar y leer de mi puño y letra.

Mi interlocutor me mira perplejo, como me mira la empleada de la tienda cuando, en la sección de tarjetas, le pregunto que dónde están los conjuntos de papeles con diseños y sobres para escribir cartas. ¡Es que me mira con una cara! Parece que le dijera “buenas tardes, señora, ¿sería tan amable de indicarme cómo llego al planeta B612? Me urge estar allí para cuidar de mi rosa. Por cierto, ¿no tendrá usted por ahí un par de aves que me preste para volar de regreso a mi planeta?”.

En este nuevo mundo tecnológico, donde la gratificación instantánea es la orden del día, el arte de escribir cartas a mano se convierte en algo lejano, confuso e ininteligible. ¿Por qué esperar días, hasta semanas, por una carta? ¿Por qué? Creo que los que llegamos a escribir cartas a nuestras amistades o a algún gran amor sabemos por qué: la emoción que rodea todo el proceso. Recordamos la alegría a la hora de escoger el papel y el sobre con los mejores diseños antes de escribir la misiva. Algunos escribían en un color de bolígrafo en específico; otros enviaban dentro de los sobres pequeños obsequios: una foto, un marcador de libros, un recorte de periódico, etc. Pero si eso era emocionante, más lo era esperar la respuesta de la carta. ¿Cuánto se tardaría en responder? A eso había que añadirle el hecho si la persona vivía en otro país: después de escrita, hasta una semana si era E.E.U.U. y dos semanas si era Europa. ¿Y si mi carta nunca llegó? ¿Y si su respuesta se extravió? Entonces, cuando íbamos al buzón, allí estaba: sentadita muy quieta, escondida detrás de las otras cartas que solo hablaban de deudas. Tomábamos la carta en las manos y nos encerrábamos en el cuarto a leer. Nos fijábamos en los trazos de cada letra, en el tipo de papel; leíamos cada oración lentamente y escuchábamos la voz de la otra persona resonar en nuestra memoria. Reíamos con las anécdotas y los chistes de los amigos; llorábamos con las noticias tristes de algún familiar; suspirábamos con los requiebros de amor. 

Tal vez todos ustedes me entiendan; tal vez solo me entiendan algunos. Quizás uno que otro me mira con ternura porque verá en mis palabras algún recuerdo, alguna añoranza, alguna nostalgia. ¡Quién sabe! Es posible que haya un poco de todo o nada. No crean que voy a abandonar toda la modernidad de la tecnología para encerrarme en el siglo XIX de las utopías. ¡Qué va! A mí me encanta la tecnología y el internet me permite hablar con ustedes, que viven en diferentes países. No obstante, de vez en cuando quisiera escribir una misiva; quisiera vivir las emociones que vivía cuando lo hacía. Sé que todo es pura nostalgia o anhelo inconfeso, pero no se puede negar que hay una magia especial en el viejo arte de escribir cartas.